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Cristina Rodríguez Cabral: memoria
y resistencia
María Cristina Burgueño
Marshall University
Huntington, WV
Cristina Rodríguez Cabral es una poeta
afro uruguaya que, desde la marginación que le imponen su raza
y su condición de mujer, escribe luchando por el objetivo que ella
misma define como el respeto para nuestros pueblos y su cultura,
el logro de la igualdad (Desde mi trinchera, 3). Su escritura se
sitúa en la diferencia como forma de enfrentar a los avances del
globalismo desde la periferia, lo cual conlleva una reconfiguración
más democrática del imaginario uruguayo de identidad nacional
y del imaginario cultural para la región del Río de la Plata.[1]
En la poesía de Rodríguez Cabral es posible encontrar una
variedad de temas que tienen que ver con la situación social y
cultural de la minoría afro-uruguaya y con la de la mujer en general.
También se expresa en su obra poética la oposición
a la opresión política impuesta por la dictadura en su país.
Me propongo analizarlos desde la premisa de que sus puntos de vista se
constituyen en un acto de resistencia a todas las formas de marginación
y opresión, y que con ello la poesía de Rodríguez
Cabral abre espacio a un imaginario social más inclusivo, basado
en el respeto y la integración de las diferencias. En ese espacio
la cultura afrouruguaya encuentra un lugar propio y ya no subalterno de
integración a las comunidades imaginarias uruguaya y rioplatense
en su conjunto. Ese nuevo imaginario con menos borramientos y olvidos
ofrece la posibilidad de resistir a la homogeinización impulsada
por las representaciones del globalismo.
Al hablar de Cristina Rodríguez Cabral estoy haciendo referencia
a una desconocida en los medios culturales de su propio país. Sin
embargo, Cristina es una mujer contemporánea, nacida en 1959, que
ha producido y sigue produciendo poesía, prosa y ensayos que han
merecido reconocimientos internacionales. A modo de ejemplo: ganó
en 1986 el primer premio en un concurso literario organizado por Casa
de las Américas, en Cuba, por su obra en prosa Bahía,
mágica Bahía, fue invitada a hacer presentaciones de sus
trabajos en Rio de Janeiro, São Paulo, los Estados Unidos
Universidad de Missouri, y a la celebración del Primer Centenario
de la Abolición de la Esclavitud en Brasil, por el Instituto Uruguayo
de Cultura. Su obra ha sido comentada en diversas publicaciones sobre
poesía afro-latinoamericana en los Estados Unidos.[2]
El poemario Desde mi trinchera (1993), aunque aparecido en Uruguay
y prologado por la coordinadora general de las Organizaciones Mundo Afro,
Beatriz Ramírez Abella, no ha tenido mayor difusión ni repercusión
en el país, sin embargo se trata de una obra que en muchos aspectos
continúa la de otras voces continentales como Gabriela Mistral,
Alfonsina Storny, Delmira Agustini y María Eugenia Vaz Ferreira.
Señala Achúgar, citando a Claude Lefort, que: existe
una cercana conexión entre igualdad y visibilidad en
el espacio o escenario público donde los individuos se reconocen
como iguales (20). La invisibilidad de la obra de Cristina Rodríguez
Cabral en su propio país, es parte del borramiento producido por
el racismo basado en el predominio de un modelo cultural y epistemológico
eurocéntrico. Sin embargo, en los últimos veinticinco años
se han procesado grandes cambios en el imaginario nacional especialmente
como resultado de la dictadura militar (1973-1985) y de la agudización
de la crisis económico-social y se han elaborado nuevas representaciones,
entre ellas las de la minoría étnica afro-uruguaya, que
se ha abierto un espacio de reconocimiento e integración democrática.
En la conquista de ese nuevo lugar el fortalecimiento del candombe se
constituyó en una pieza clave, y es en medio de ese ambiente de
renovación cultural que se alza la voz de la poeta.[3]
Uno de los aspectos importantes de la obra literaria de Rodríguez
Cabral es su mensaje de resistencia frente a hechos de distinta naturaleza
política, social o cultural en el Uruguay, tales como
la dictadura, el borramiento de las raíces culturales del África,
la historia escrita desde una perspectiva europeísta, y la represión
y marginación impuestas sobre las mujeres.
En la prosa poética 25 de agosto de 1988", de su libro
De par en par,[4] la fiesta de la
Declaratoria de la Independencia es retratada desde la perspectiva de
la celebración de los negros. Los tonos costumbristas describen
el evento: [. . .] fiesta nacional, salida de los tambores, fiesta
negra en la calle, baile, llamada, vinos, discusiones y alegría
para luego focalizarse en un hecho en el que participan otros sectores
de la sociedad: también una marcha céntrica del pueblo
pidiendo justicia. Hacia 1988, en plena reapertura democrática,
la comunidad afro-uruguaya había ganado un nuevo espacio en la
vida ciudadana pues el candombe se convirtió en un símbolo
de resistencia a la dictadura. Sin embargo muchos acontecimientos de los
años de la dictadura neofascista daban lugar a reclamos de justicia:
secuestros, muertes y desapariciones de personas, torturas y humillaciones,
y, en relación específica con la comunidad afro la destrucción
de los conventillos Ansina y Medio Mundo, que eran sus lugares simbólicos
de nucleamiento cultural. En ese punto de justicia y más allá
de sus raíces culturales se unen los ciudadanos, y la voz poética
reflexiona sobre la suerte de todos los uruguayos, pero en particular
sobre los de origen afro:
Cuántos años celebrando la presunta independencia,
sabiendo demasiado bien que los uruguayos aún no nos hemos
independizado de nada; los tambores siguen sonando fuerte, parches
ensangrentados por manos tan esclavas como en aquellos días
por el 1825".
Luego rescata la tradición de los esclavos de permanente lucha
por la libertad, y dando vuelta la narración histórica dominante
pone a los negros al frente de sí misma:
Tambores que se confunden con atabaques y saliendo juntos de
la senzala, toman la plaza principal, se adueñan de la noche
y buscan nuevamente la oculta puerta de entrada al Quilombo.
Las referencias a la senzala donde estaban recluidos los esclavos, y al
quilombo como puerta a la liberación dan realce a un camino de
combate ignorado por las narraciones triunfantes en el imaginario regional,
pues como sostiene Clovis Moura en relación al quilombo de los
Palmares: [. . .] toda a documenta a documentacão que se
conhece sobre Palmares é aquela fornecida pelo dominador, pelo
colonizador, isto é, não temos outro código de informação
não ser aquele que os seus destruidores nos oferecem (159),
y el propio Zumbi, su jefe, emerge em consequência de trabalhos
de historiadores que resgatam a sua figura e provam a sua existência.
Antes era lenda, era apenas un título que se transferia. Zumbi
não existia como personajem histórico (160). La representación
de la lucha de los esclavos en los acontecimientos del 25 de agosto de
1825, les da un lugar antiguo en el imaginario, que legitima para ellos
un plano de igualdad ciudadana con los otros miembros de la comunidad
nacional. Al mismo tiempo establece un nexo de continuidad con una actitud
de combate en el presente, por medio de la imagen que los muestra entrando
al quilombo, lugar de libertad y de resistencia al dominio impuesto por
los europeos y los criollos.
Hay en el poema una forma de entender el presente político compartida
por sectores mucho más amplios de la sociedad uruguaya, pero lo
original del planteamiento es el espacio que ganan los afrouruguayos en
el imaginario nacional y regional, y la propuesta de enfrentar a la opresión
recurriendo a una experiencia retaceada en la consideración de
la historiografía y la literatura canónicas.
En otro espacio temporal del poema, A la noche, los tambores
se convierten en guía de la voz lírica:
[Los tambores] reaparecen ahora dirigiéndome los pasos,
indicándome hacia adonde debo ir.
Ellos me conocen, el fuerte batir de sus lonjas ha besado mis pies
desde hace ya largo tiempo, los ha unido a cientos de pies que continúan
bailando desde lejos, desde cuando nos arrancaron la tierra; el fuerte
batir de sus lonjas no hace silencio.
La continuidad de la presencia negra gana espesura emocional a través
del número, de la lejanía, y del recuerdo de una época
de soberanía luego de la cual sufrieron el despojo de su tierra.
El vínculo que une el pasado africano con el presente de lucha,
le da a la comunidad afro un valor simbólico nuevo y poderoso que
se reafirma y se explicita:
No debemos olvidar que somos hijos de reyes y de guerreros,
por eso baten fuerte los tambores al nacer, en las bodas, en los funerales,
en las festividades nacionales celebradas con floridos blanqui-discursos
que ignoran totalmente la participación del negro.
En este planteamiento Rodríguez Cabral toca un punto neurálgico
para hacer posible la conformación de un imaginario uruguayo más
inclusivo. Las representaciones canónicas del siglo XIX, que dieron
base al imaginario hasta hoy dominante en diversos aspectos, inferioriza
o ignora al negro, lo deja en un no ser que borra su presencia en el pasado.[5]
Seguramente la poeta no pretende realizar una narración abarcadora,
pero sí contribuir a la creación de nuevos mitos que se
integren a una nueva narrativa de historia y de la nación en la
cual se incluya con respeto a los afro americanos.
Como hijos de reyes y guerreros resistimos hace siglos al emblanquecimiento,
filosofía racista que ayer nos prohibía salir a la calle,
y hoy pretende mantenernos dispersos. La referencia del poema al
origen africano que da poder y ennoblece, expresa el desarrollo de una
conciencia de identidad étnica que rechaza al blanqueamiento, entendido
como la asunción por parte de los miembros de la comunidad afro,
de los paradigmas y valores impuestos por las dirigencias. Esa imposición
se realiza en base a las imágenes y discursos creados por la Historia,
la Literatura, la educación y la propaganda, entre otros medios,
y conlleva la ruptura con la cultura original.
Para Franz Fanon, el olvido de las raíces por parte de la etnia
sometida implica el desarrollo de un complejo de inferioridad
y la desaparición de la originalidad de la matriz cultural
(18). También lo analiza como una nueva forma de colonización
porque el colonizado se eleva por sobre su condición selvática
en proporción a su adopción de los patrones culturales de
la metrópoli (18).[6] Esta adopción
implica una paradoja señalada por Clovis Moura: los sectores dominados
adoptan los mismos valores que se usan para discriminarlos.[7]
La oposición al blanqueamiento también se expresa en otro
de los poemas de Cristina Rodríguez Cabral, al reclamar una situación
de igualdad basada en la aceptación de la diferencia y en su representación
en el imagnario colectivo:
Dijeron los aplausos:
Tú eres el poeta,
Respondió:
Yo sólo hablo de mi pueblo.
Dijeron los periódicos:
Al nuevo intelectual negro,
Sintió escalofríos:
yo sólo hablo de mi pueblo,
voy trovando sus plegarias
voy lamiendo sus recuedos.
No sé del silencio negro
de la rabia que amordaza bocas
del susurro que recorre el pecho,
de la lanza que atraviesa la historia
del gemir de tu cuerpo esbelto.
No me pongan rótulos huecos,
sólo déjenme crecer y crear
como NEGRO.
Abril Trigo sostiene que:
[. . .] los afro uruguayos nunca han sido discriminados strictu sensu;
es precisamente la prolongada y profunda asimilación de que han
sido objeto lo que les ha privado del más mínimo lugar,
al punto que nunca prosperaron ni iglesias, ni sindicatos, ni escuelas,
ni instituciones políticas o culturales étnicas autónomas.
(104)
En esta realidad se inscribe la afirmación de Rodríguez
Cabral: Uso mi poesía como un arma de resistencia cultural,
una trinchera.[8] Su poesía
llama a la preservación de las raíces culturales afro y
al mantenimiento de una actitud crítica frente a paradigmas de
la cultura local, europeizada, que discrimina a los negros.
La Memoria y resistencia de la obra poética de Cristina
Rodríguez Cabral, también se enfocan en la mujer negra.
La rescatan de su no ser en el imaginario colectivo y busca
que la inclusión implique igualdad para el género. El poema
Memoria y resistencia se abre con una dedicatoria que sintetiza
la visión de la poeta:
A las de siempre,
las pioneras
las infatigables hijas de la Noche
Mujeres Negras
que ennoblecen la historia.
Y para aquellos hombres
que también lo hacen. Axé.
Nzinga Bandi, la reina angoleña del
siglo XVII, a quien celebra en uno de sus poemas,[9]
sintetiza los atributos de la mujer negra, quien encarna la lucha por
la libertad: Soy resistencia y memoria, dice en uno de sus
poemas, y en el mismo proclama la suma de sus atributos, cuya matriz se
encuentra en diosas de origen Afro, las diosas del Umbanda quienes dotan
al género de atributos diversos de poder[10]:
Madre,
Negra,
Cimarrona;
Iemanjá,
Oxum
e Iansá a la vez.[11]
El poema reivindica esos atributos y hace presente que en su cultura de
origen la mujer participaba en todas las actividades de la comunidad,
desde las económicas hasta las políticas, y que es en la
sociedad colonial que se la ubica en un lugar patriarcal de subordinación.[12]
Una de las formas de subordinar a la mujer es mediante la represión:
Ser mujer escomo llevar una fatalidad sobre los hombros/ someterse
y someterse/ a la estupidez. Esta crítica inmediatamente
recuerda al Hombre pequeñito de Alfonsina Storni y
al Hombres necios de Sor Juana Inés de la Cruz. Al
olvido del pasado africano se une la marginación de la mujer en
la sociedad en su conjunto y también en su grupo étnico:
Sangro, lucho, resisto/ y desconoces mi voz./ Ausente en tus memorias/
y hallada culpable/ vivo/ prisionera del tiempo/ y del estereotipo.
La reivindicación para el género es también un llamado
a la conciencia del hombre afro uruguayo, quien ha adoptado los valores
dominantes de su medio en la forma de considerar a la mujer, pese a que
el mismo medio es el que discrimina a su etnia.
La vuelta a los modelos femeninos ancestrales, vinculados a la naturaleza:
Iemanjá, Oxum e Iansa; y el énfasis en la condición
de madre, negra y cimarrona de la
mujer, postula que es ella quien da y preserva la vida, sin obstaculizar
su defensa de su libertad y de su derecho al placer. Esta perspectiva
se expresa en el poema No resulta fácil ser mujer:
y vuelvo a reír/ a desparramar mi carcajada/ a los convencionalismos.[13]
Esta imagen femenina, creada desde una óptica epistemológica
muy diferente a la dominante, aporta fundamentos de igualdad de los géneros
para la elaboración de un nuevo canon de representaciones, y deja
de lado a ciertas imágenes decimonónicas que estuvieron
presentes, más allá de mutaciones, hasta muy avanzado el
siglo pasado. Quedan atrás los modelos de mujer cristiana, madre
sufriente y débil, como Blanca de Tabaré, el de la mujer
ingenua y obediente, como el de varias heroínas de las novelas
fundacionales latinoamericanas, entre ellas Lía, el personaje de
Caramurú, de Magariños Cervantes. Tampoco aparecen retratos
de mujeres masculinizadas en sus rasgos por ser guerreras, como las mujeres
dragón, soldados de la lucha por la independencia, pintadas por
Acevedo Díaz.
La memoria, en la poesía de Rodríguez Cabral, busca referentes
hasta hoy invisibilizados por la historia y la literatura dominantes,
y se convierte en un instrumento de resistencia cultural frente a la globalización
y de aporte para un nuevo imaginario colectivo para su país y el
resto de América Latina, basado en la diversidad, el respeto y
la horizontalidad en las relaciones entre los miembros de sus comunidades.
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