Extinción y futuro en Memorias de un futuro bárbaro: De la crítica política y social a la esperanza


Alfredo J. Sosa-Velasco
Cornell University
Ithaca, NY


Si la humedad no destroza los papeles de este relato, la primera pregunta que se hará el inimaginable lector es: ¿Por qué huimos de los peligros que nos acosan? ¿Por qué luchamos por conservar la vida miserable, cuando sería más fácil dejarse aniquilar? No sabría qué responder.
Julió (103)

Tras una revisión de la bibliografía disponible sobre el tema, la ficción anti-utópica es frecuentemente asociada con el género de la ciencia ficción. Las diferencias existentes entre anti-utopía y ciencia ficción yacen en la crítica política y social que ambas realizan (Booker 19). Mientras la utopía describe un mundo ideal (utópico) producto del escape o del intento de escape al apartarse “de” la historia, la anti-utopía describe un mundo no ideal (anti-utópico) que acude “a” la historia para criticar unas determinadas circunstancias (Morson 128; citado en Booker 4). Este mundo anti-utópico, antítesis y contrario del ideal, queda dibujado bajo una realidad y un contexto histórico de los cuales parte para formularse la crítica política y social. Dicha crítica se presenta entonces como presagio de “un no debe ser” a modo de advertencia, o bien, de un posible futuro a rehuir. A esta conceptualización de la ficción anti-utópica se le añade, además, que la crítica política y social de la realidad muestra las “deficiencias del presente,” resultantes de los sistemas económicos imperantes (capitalismo vs. comunismo) del siglo XX (Booker 19).


La obra de Montserrat Julió Memorias de un futuro bárbaro (1975), la cual cuenta la extinción de la raza humana producto de una disfuncionalidad de los gametos masculinos, es una crítica política y social anti-utópica, a modo de advertencia, del contexto histórico mundial y español que se origina en la década del 70 [1]. Dicha crítica ataca, por un lado, la realidad española de crisis política en la que la paz social no se ha reivindicado, y en la que los recursos naturales se han agotado. Este agotamiento es también consecuencia inmediata de las medidas políticas implementadas para el desarrollo industrial y económico del país a partir de 1960, y cuyas repercusiones se empezaron a sentir para la década de los 70. Por otro lado, a nivel más general, esta crítica contextualiza su denuncia a través de la violencia, las guerras, y los enfrentamientos que el régimen capitalista había ido provocando, trayendo consigo el exterminio de los seres humanos. Se observará, sin embargo, que frente al paisaje desolador de la extinción de la especie humana que se retrata, se abre también una esperanza de futuro en manos de unos sujetos que comprenden que forman parte de esa naturaleza.


En primer lugar, se delimitará el contexto histórico en el que Memorias y su protagonista, Garriga, se encuadran para presentar la crítica política y social que la obra tiene como objetivo. En segundo lugar, se analizará la extinción de la humanidad como respuesta a una serie de acciones y de medidas políticas que toman lugar en España, pero que responden a las exigencias del sistema económico capitalista. En tercer lugar, se abordará el tema de la esperanza y el futuro, que si bien no parece explícito en la obra, yace dentro de ella de manera sugerente.


Memorias cuenta la historia de Juan Garriga, un hombre de casi 80 años, quien relata sus memorias. Estas memorias están formadas por los recuerdos de un pasado remoto a partir de 1973, y un presente o futuro (desde el que escribe) alrededor del 2023, conduciendo al lector en un ir y venir en el tiempo. En esta rememoración de sucesos, el pasado y el presente del protagonista se van alternando con cada uno de los capítulos que compone la obra [2]. Con el transcurrir de estos cincuenta años, se va observando cómo Garriga pasa de ser ginecólogo a ser actor, subastador, pedicuro, jardinero, taxidermista y cirujano de estética. A la medida que se va despoblando el planeta, producto de la crisis producida por la extinción humana, Garriga tiene que adaptarse a su entorno. Aunque se baraja una teoría acerca del por qué los gametos masculinos “han modificado su instinto y no quieren producir un zigote” (37), no se deja del todo claro cuál es la causa de la extinción de la especie humana [3]. Garriga contempla entonces cómo van desapareciendo los humanos y los mamíferos, sin poder hallar respuesta a la pregunta: “¿Cómo era posible que la humanidad se acabara de un modo tan simple?” (68). Incluso se cuestiona la escritura de sus memorias, puesto que, al final, no habría hombres o mujeres que la heredasen.


El protagonista inicia sus memorias hablando de la realidad en la que vive. Le brinda al lector el momento exacto en el que se produce el comienzo de la extinción humana: agosto de 1973. Garriga se encuentra en Barcelona. Desde la capital catalana, es testigo de la crisis que amenaza al planeta. Resultado del sistema económico capitalista, esta crisis plantea un futuro incierto: Vietnam, Camboya y Laos son escenarios de guerra, los católicos y protestantes luchan en Irlanda del Norte, Israel combate los ataques palestinos, Pakistán y México sufren inundaciones (21). Además, hay una crisis de petróleo que afecta a varias naciones (183). El panorama mundial es en sí mismo devastador, propio para una consecuente extinción.


Al mismo tiempo que estos sucesos se van produciendo por el mundo, Garriga se reúne para conversar con su novia Laura, Gabriel, Lola y el actor Luis Gracia en un bar. Hablan sobre una representación teatral que un conocido de ellos, Jorge Romeu, observó en Nueva York. Gracia explica que la obra trata de “la humanidad en busca del bien y de la belleza” en la cual “el poeta enfrenta al espectador con una hipotética idea del fin del mundo” (56). A esto añade el actor que la censura no permitiría representarla allí porque los personajes salen desnudos. Garriga afirma que la censura tiene “las horas contadas.” Al responderle a Gabriel acerca de si habría algún cambio de gobierno, Garriga le contesta: “nada es eterno” (58) [4].


Este cambio de gobierno llega posteriormente con la “máquina del buen gobierno,” después de la “Revolución de los Supervivientes” (118) [5]. Esta computadora importada de los Estados Unidos es de “justicia muy superior y pensamiento democrático” (120-121). La computadora va dictando leyes muy variadas, entre las cuales se hallan: la abolición de la pena de muerte, la institución de los partidos políticos sin distinción de clase, la prohibición de las corridas de toros, la protección de los derechos de los hijos naturales, la separación de la Iglesia del Estado, la autorización del aborto en determinados casos y la implantación del divorcio (121). Aunque todas ellas son irónicamente antifranquistas, ninguna logra frenar la extinción humana. La razón es que ya es muy tarde para ello, como se verá más adelante.


Este contexto histórico que enmarca la vida de Garriga recrea también el momento de la historia al que Memorias acude para realizar la crítica política que se propone. Al formular dicha crítica, se recurre a la historia mundial, en general, y española, en particular, para denunciar dos hechos acompañantes de la extinción de la especie humana: 1) una paz social que no se reivindica tras años de guerras; y 2) un gobierno que se ve como responsable de la despoblación humana, aunque no se diga explícitamente. En esta denuncia, Garriga historiza la realidad de la extinción, enmarcándola a nivel general dentro del ámbito mundial (guerras, luchas, inundaciones). Además, el protagonista particulariza esa realidad al referirse a los dos acontecimientos anteriormente mencionados, los cuales son fácilmente identificables con la realidad española de los setenta.


Según le explica Garriga al profesor Terrels: “Transcurrieron los años y nuestro país fue víctima de una guerra absurda y fratricida que sirvió de ensayo general de la segunda guerra europea... Después siguieron la desolación y la miseria de Europa, para acabar con Hiroshima y Nagasaki... Con los últimos muertos se sepultó la moral, el sentido ético de nuestra existencia... La palabra ‘paz’ no ha conseguido reivindicarse...” (40). Después de la guerra civil española, la realidad sigue estando caracterizada por luchas y enfrentamientos que hace que, casi cuarenta años más tarde, la situación no cambia. El padre de Garriga ya lo presentía, el progreso para entonces era algo ilusorio (40). Nunca llega el día en que la justicia traiga consigo el progreso. Al no haber sido el régimen que gobierna justo, ni portador de la justicia, no puede existir posibilidad alguna de progreso. Ni siquiera “la máquina del buen gobierno” lo ha conseguido, porque las medidas que dicta, aunque progresistas, “justas y democráticas,” no erradican los problemas existentes. La extinción de la especie humana es entonces algo inminente.


El mal ya estaba hecho. Aquellos cambios a los que individuos como el padre de Garriga aspiraron nunca se hicieron realidad: 1) las máquinas no reemplazaron a los obreros que ejecutaban faenas peligrosas; 2) los mineros continuaron exponiendo sus vidas para extraer minerales; 3) las mujeres siguieron siendo empleadas en fábricas con el fin de abaratar la mano de obra; y 4) no llegaron a considerárselas dentro de la misma categoría de los hombres. Según el padre del protagonista, cambios como estos habrían contribuido a una igualdad social en la que reinase la “justicia igual” (40). Sin embargo, esa justicia no llega nunca, ni tampoco esa paz social tan necesaria para vivir. De hecho, la situación de inestabilidad en general se agudizó tras las tensiones políticas que surgieron entre 1973 y 1974. Después de un período de recesión económica y de crisis del petróleo, el envejecimiento de Franco y el asesinato de Carrero Blanco a manos de ETA, constataron un clima de debilidad política y pérdida de prestigio del régimen, el cual tras el nombramiento de Arias Navarro no consiguió solucionarse.


Bajo la política de desarrollo económico y de explotación de los recursos al máximo, llevada a cabo por la dictadura franquista, se enmarca el problema de la extinción de la especie humana. El gobierno explotaba todo lo que tenía a su alrededor sin darse cuenta de las consecuencias y repercusiones negativas para los hombres y mujeres del futuro. En esta explotación, el desarrollo industrial, la implantación de grandes industrias y la concesión de permisos de construcción, fueron algunas de las causas que contribuyeron al deterioro ecológico.


En Memorias, la extinción de la humanidad se va callando desde el régimen de gobierno sin que se sepa la verdad para no alentar el pánico (49). Aunque no se pronuncia una acusación concreta—según dice Garriga, algunos de los sublevados de la “Revolución de los Supervivientes” culpan al gobierno de la esterilidad de la especie (117). El protagonista no menciona tampoco el porqué de esta responsabilidad. La razón para ésta, sin embargo, puede entreverse a través de la transformación social y económica de España, potenciada por el gobierno entre 1960 y 1975, cuando el estado español pasó de ser un país agrario a uno industrializado, altamente integrado en el sistema económico global [6].


Para esta transformación fue necesaria una explotación al máximo de los recursos del país, desarrollando nuevos sectores económicos, tales como: automóviles, ingeniería, químicos, farmaceúticos, plásticos y aluminio. Como señala Riquer, “[t]he Spanish industrial sector in this period grew from 25 per cent to 40 per cent to 40 per cent of the gross domestic product (GDP), rising in the 1970s to over 60 per cent of total exports” (260). Esta potenciación de la economía trajo además otros cambios en la estructura del sector de servicios. Se transformaron la agricultura y la fuerza de trabajo con la consecuente reducción de la población rural: “This fell from 42 per cent of the population in 1960 to 20 per cent in 1976, halving the rural population” (Riquer 206). Esta reducción de la población del campo fue producto de las constantes emigraciones a las ciudades, como Madrid, Barcelona, Sevilla, Bilbao, que fueron consolidándose como núcleos urbanos, frente a otras que empezaron a emerger como tales: Zaragoza, Valladolid, Málaga, A Coruña, Vigo, Pamplona, Vitoria, Las Palmas, entre otras [7].


Aunque este desarrollo económico acelerado significó un mejoramiento en la calidad de la vida para algunos, gracias a la entrada de capital e inversión extranjera en el país, siguió habiendo gran desigualdad entre las clases sociales: “while the upper classes benefited from the lowest tax levels in Europe, the working class suffered extreme exploitation” (Riquer 264). Además, la naturaleza del “milagro español” causó un fuerte daño al medio-ambiente, resultado de la ausencia de una legislación que restringiera la contaminación y la construcción de propiedades en las grandes ciudades y en las líneas costeras españolas. Por ejemplo, Benidorm y las afueras de Barcelona fueron dos casos muy representativos de esa problemática (Riquer 270).


El deterioro medioambiental complementaría y subrayaría la hipótesis ofrecida por el científico japonés acerca del desastre de la extinción humana: la capa de ozono no sólo se habría debilitado por los gases desprendidos de los aviones de reacción, sino también por la contaminación y el agotamiento de los recursos naturales, productos de las políticas económicas franquistas de industrialización. Así pues, no es extraño ver que las circunstancias históricas que se recrean en Memorias son propicias para que ocurra esa transformación de las células masculinas [8].


Cuando toda esperanza se da por perdida, Garriga es partícipe de lo inesperado: nace el 10 de febrero en Barcelona “el último vástago” de la raza humana, Jorge Aleu y Palau. En conmemoración a su nacimiento, el niño “fue nombrado hijo predilecto de la ciudad; se le otorgó una renta vitalicia de treinta mil pesetas, cantidad que se duplicaría el día en que el afortunado llegara a la mayoría de edad, y un carnet que lo libraba de hacer el servicio militar” (110). Para Garriga, el nacimiento del que fuese su hijo adoptivo le hace replantearse que el presente todavía tiene algún valor.


Desde el momento en que Garriga asiste al parto como ginecólogo, Jorge le despierta una curiosidad científica, y también un afecto que con el tiempo se irá haciendo cada vez mayor (145) [9]. Pasan los años, y después de su decimoquinto cumpleaños, Jorge se reúne con Garriga para comunicarle la decisión que su padre ha tomado de marcharse de Barcelona. Por el miedo al hambre y a la incertidumbre del puesto de trabajo que ocupa como cuidador en el zoológico, Cristóbal Aleu decide trasladarse con su familia cerca de Valencia, donde los abuelos de Jorge poseen una finca. Garriga intenta entonces despedirse de Jorge, y cuando va a la estación le informan que el tren ya había salido un día antes. A partir de este momento, Garriga no sabe nada más de Jorge ni de su familia.


Como “el último vástago” de los humanos, resulta conveniente analizar entonces qué representa Jorge para el resto de la humanidad dentro del contexto de la crítica social y política que Memorias elabora. Jorge y su familia se unen a ese proceso transmigratorio que ocurre a partir de la conversión de los cereales en moneda de curso legal. La inseguridad que representa la ciudad en cuanto al trabajo, y el miedo a que les falte el alimento, es lo que hace a la familia Aleu Palau marcharse de Barcelona. Sin embargo, el trabajo que les espera por tierras valencianas es el de la agricultura: “La tortilla se había vuelto y el éxodo señalaba la dirección del Sur” (144). El futuro reservado para ellos es, paradójicamente, aquel del cual muchas personas de la realidad española iban escapando, después de que se implementasen las políticas de industrialización y desarrollo económico: el campo [10].


El caso de Jorge es significativo. No se cuenta lo que le sucede en el campo valenciano, o qué termina haciendo allí. Si bien podría asumirse que Jorge moriría al ser éste estéril como el resto de los hombres, también es posible pensar que sobreviviese a la extinción por una razón importante: el nacimiento de Jorge abría una esperanza de futuro. Además, el interés científico que despertó Jorge en Garriga nunca pudo explicar cómo fue posible su nacimiento en circunstancias de extinción de la especie humana. Tampoco se sabe si los Alau Palau tuvieron otros hijos después de que se mudasen a tierras valencianas, ni si Jorge contrajo matrimonio y consiguió reproducir. Dado que tal vez sus espermetazoides podrían haber sido diferentes de aquellos que transgredían las leyes establecidas por la vida, éstos hubiesen sido lo suficientemente fuertes como para penetrar la pared del óvulo y fecundarlo, pudiendo ser nuevamente Jorge creador de vida [11].


El hecho, entonces, de que en algún lugar de Valencia, Jorge o su familia pudiese estar reproduciéndose, o bien, cualquier otro individuo joven que como Jorge quedaba en el planeta, abre una posibilidad para la reproducción de la raza humana y la repoblación del planeta. Si a esto se le añade además que por la falta de población humana, la contaminación y la explotación de los recursos cesarían, es normal entonces asumir que el ecosistema y su entorno habrían ido equilibrándose, haciendo posible de nuevo la vida humana en el planeta. No es extraño, por tanto, que la naturaleza empezase un mecanismo de autorregulación. Éste ofrecería un nuevo futuro para la humanidad, y restauraría el equilibrio y la vida en el planeta porque, como apunta Nichols, “Nature knows best and aims true” (339).


En Memorias la posibilidad de futuro se soporta más aún por la teoría de la antimateria, de la cual el diplomático danés Gunnar Alasken Hansen es partidario. Para él, “el semen de nuestra especie no había muerto” (165). Gunnar sostiene que el hombre se había salvado, porque existe una “copia de nuestro mundo que se hallaba miles de años-luz de nosotros” (167). Era difícil suponer que la Tierra fuese “el único planeta habitado por seres vivos y racionales” (176), tal como afirma el coronel Astenko. Creía Gunnar que, desde esa copia de nuestro mundo (anti-Tierra), el coronel o sus descendientes volverían y repoblarían el planeta. Dado que Astenko había salido del planeta en una misión espacial antes de la extinción, acompañado de otros cinco astronautas que no habían regresado, éste representaba para Gunnar “la semilla del hombre fuera de la tierra” (181). Sin embargo, si se piensa que todos los tripulantes habían salido también antes de que la mutación de los gametos masculinos sucediese, cualquiera de ellos podría haber sido tan capaz de repoblar la Tierra como el coronel Astenko. Una vez más, la fe y la esperanza en un individuo diferente al resto dejan abiertas las puertas para un futuro.


Ante tal panorama de muerte y desolación, Astenko, los viajeros del espacio y Jorge representan la salvación para toda la humanidad. Ellos son, sin embargo, dos misterios que encierra Memorias. No se dice mucho más de ellos. Por un lado, Jorge es el sujeto que vuelve al campo y a la tierra. Desde allí, Jorge conseguiría posiblemente (re)conocerse como parte de la madre naturaleza. La vuelta a la tierra, a lo primitivo, y a un sistema económico tal vez comunal, antítesis del capitalista, le ofrecen esa posibilidad: el hombre en contacto con el mundo que le rodea. En este proceso de (re)conocimiento, Jorge sería el nuevo padre de los hijos del mañana, a quienes educará en armonía con el medio, enseñándoles a respetar y a valorar el medio que tienen sin agotarlo ni abusarlo. Por otro lado, los astronautas vienen de la anti-Tierra, un mundo diferente al de Jorge, pero del que habrían conseguido extraer la esencia del auténtico homo sapiens: amo de su destino, de su espacio y de su tiempo (177). Habrían aprendido seguramente a convivir en un mundo del cual forjar un futuro, al ser ellos los responsables de éste. Así pues, la conjunción de Jorge y los sobrevivientes de la tripulación representan la nueva raza humana que poblará el planeta. Ésta es producto del individuo que se reconoce a través de la tierra, por un lado, y de un mundo opuesto al de él, por otro.


En esta comprensión y valoración del entorno, Garriga finalmente se da cuenta de que él es también parte del universo que le rodea. Piensa que puede formar parte de la uña de un animal, cuyas células son tan grandes como las de una galaxia. Una galaxia en la que los hombres no son más que una minúscula parte de un todo, ya que para él: “[h]-y momen-o- en que no -é -i vivo o -i -e h- -c-b-do -odo y me e-p-n-- pen--r que m-- -ll- el mundo pued- -er un- con-inu-ción de lo que creemo- dej-r --r--...” (214) [12]. Mientras Garriga escribe el relato de su “frustración” (209), se da cuenta de que las acciones pasadas han marcado su presente y su futuro: su realidad.


En esta realidad, Garriga es el sujeto alienado que busca la liberación a través de la escritura, si no ¿por qué escribiría cuando la tierra está despoblándose? La escritura le ofrece una esperanza de futuro: la salvación de la raza humana. Aunque no lo dice explícitamente, podría suponerse que no cree del todo en la desaparición del hombre del planeta, ya que el dejar sus memorias le sirve para comunicar lo sucedido a otras generaciones y advertírselos. Su objetivo es avisar a la nueva humanidad, que en algún momento repoblará el planeta, que prevea los límites de sus acciones porque la naturaleza al final pasa sus cuentas. En ésta, los hombres y las mujeres son también parte de ella, al dañarla se lastiman a sí mismos/as. Aunque se observa que la crítica política de Memorias va dirigida a una situación de escasez del medio, en la cual unas medidas políticas han contribuido a deteriorarlo, la esperanza para un futuro yace también escondida en el texto. Dicha esperanza depende, sin embargo, de un sujeto nuevo: un individuo que aprecie lo que tiene y que aprenda a respetar su medio, después de reconocer a la raza humana como parte de la naturaleza.


La crítica política de esta ficción anti-utópica se destina a un régimen de gobierno autoritario, y a unas políticas económicas que posibilitan la extinción. Además, esta crítica se extiende a toda la humanidad y al sistema económico capitalista que ha ido agotando los recursos del mundo. En el agotamiento y la lucha por detentar el poder, la violencia, las guerras y los enfrentamientos humanos han contribuido al deterioro ecológico del planeta, y a la destrucción del medio. A consecuencia de estas acciones, la naturaleza se venga de la humanidad. De esa venganza Garriga es testigo cincuenta años más tarde. Por eso, cuenta sus memorias.


Así pues, Memorias denuncia una situación particular y mundial, acudiendo al contexto histórico al que su autora pertenece. Para la década del setenta, el abuso del medioambiente y el alto grado de contaminación formaban parte de la realidad. No existía en España una legislación que protegiese al medioambiente. Después de la implementación de sendas políticas de industrialización y modernización por el gobierno franquista, los efectos se comenzaban a notar. Benidorm y Barcelona llegaron a ser, por ejemplo, “textbook cases of the ravages of unfettered capitalism” (Riquer 270). Además, el futuro era en sí mismo incierto. Una posible lucha nuclear, producto de las tensiones de la guerra fría, planteaba un vacío sobre cómo terminaría el conflicto. La incertidumbre estaba sembrada en todos, y poco se podía esperar del futuro. Memorias pone de relieve una preocupación por el devenir histórico a modo de advertencia: las acciones de los hombres y de los gobiernos han contribuido a un desgaste del planeta en el que se vive, sin darse cuenta los seres humanos de que ellos son los más afectados. En el futuro, no obstante, para ser amos del tiempo y del espacio, como dijese el coronel Astenko, debemos ser primeros amos de nuestro destino: de nuestras acciones.