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Alicia Kozameh: Patas
de avestruz, un caso extraño en el mercado del libro
[1]
Erna Pfeiffer
Karl-Franzens-Universität Graz
Graz, Austria
El caso de la novela Patas de avestruz, de la argentina
Alicia Kozameh, es un caso muy especial, porque en 1997 se publicó
su versión alemana [2] sin que hubiera
salido, hasta entonces, el original español, con excepción
de algunos capítulos sueltos, que aparecieron editados en revistas
[3]. Recién en noviembre de 2003,
seis años después, se publicó la edición original
en Argentina, en la editorial Alción, de Córdoba. Sé
a qué se deben estas circunstancias particulares, pero sé
también que no es el procedimiento usual en el campo del mercado
del libro.
A mí me llegó el manuscrito de Patas de avestruz
a finales del año 89, poco después de haberse terminado
el proceso de escritura (está fechado Los Ángeles,
agosto de 1989). Me fascinó en seguida y traté de
hacer lo posible y a veces lo imposible para proponerlo
a traducciones. Después de algunos intentos fallidos, lo aceptó
la editorial Milena (en aquel entonces Wiener Frauenverlag)
y lo editó en 1997.
Patas de avestruz, título extraño
para un libro muy sui géneris. ¿En qué pensamos,
en qué piensa un/a lector/a común y corriente al oír
o leer patas de avestruz? Tal vez en unas piernas largas,
flacas, no muy bien proporcionadas, algo abstruso (¿avestruzo?).
En el Diccionario de autoridades también se menciona que
el avestruz es sumamente bobo y estólido y que por
razón de su pesadumbre, no [es] ágil para el vuelo.
Tal vez pensemos también en la táctica de avestruz de esconder
la cabeza en la arena, cuando alguien no quiere ver la realidad...
Alicia Kozameh, a los 17 años, tampoco quería convencerse
de que su hermana había muerto. Su hermana Liliana, que le llevaba
cuatro años, y sin embargo, nunca había sido una hermana
mayor. Porque era diferente de las otras niñas: tenía
patas de avestruz. Pero al contrario de los avestruces de verdad, ella
no podía correr. Ni siquiera caminar. Era espástica, a causa
de la falta de una cesárea en su nacimiento. Pero, como el personaje
de la novela Jorge diría más tarde:
Los avestruces se esconden. Se van. O creen que se van. Al menos lo
intentan. Esconden la cabeza. Sólo la cabeza. Ahí quedan,
sin embargo, de cuerpo entero, no sea que se te ocurra querer olvidarlos.
(168) [4]
Así, el cuerpo de Liliana quedó presente, aun después
de su muerte, como fantasma que se acabó instalando en la cabeza
de Alicia. Ella también empezó a sentirse un poco como avestruz:
inconscientemente, había llegado a identificarse con su hermana
muerta. A sentirse como una mitad de algo cuyo conjunto, sin embargo,
era deficiente. Que no podía moverse como la gente común
y corriente. Que de alguna manera se sentía inmovilizado, con un
lastre en una pierna. Y que cerraba un poco los ojos ante la realidad.
En la novela, leemos:
Mejor voy despacio. Voy caminando. Cierro un ojo, el ojo derecho,
y veo nada más que mi pierna izquierda. Camino con un pie.
Se mueve mi pie izquierdo y mi otro pie no está más.
Soy un avestruz con pollera a cuadros rojos y verdes. Uso una sola
pierna y un solo ojo. Soy un verdadero avestruz. No como los de verdad,
que usan de a uno sólo la pierna. El que yo soy usa también
un ojo menos. Estos son avestruces: los como yo. No los de verdad,
que a lo mejor son chicas de cuatro años que gritan calladas
cuando ven un papel violeta, y que tienen una hermana con piernas
de avestruz. Piernas como patas de avestruz. (26)
En la vida real de Alicia Kozameh habían pasado muchas cosas. Eventos
trágicos, como su encarcelamiento, durante más de tres años
de su vida, como presa política en la dictadura militar argentina.
De 1975 a 1978, a una edad cuando otra gente estudia, se enamora, disfruta
la vida, estuvo encerrada, con otras 30 prisioneras más, en un
pabellón del llamado Sótano de Rosario. Había
sido activista de una organización de izquierda, el Partido Revolucionario
de los Trabajadores. Su tío, también militante y un médico
muy conocido, había sido asesinado en la calle. Eran vivencias
que no se podían borrar de una plumada. Tampoco con muchas. Pero
escribir, para Alicia Kozameh, se convirtió en un método
de conocimiento. Como ella me dice en una entrevista en 1993:
Lo que me pasa a mí es que comprendo los hechos, los entiendo,
los elaboro, a través de las formas creativas. Entonces si
yo, por ejemplo, no convierto el hecho mismo en una fantasía,
no logro entenderlo más que en su aspecto racional. Es una
obsesión la que tengo de entenderlo todo. Después de
que el hecho sucedió, lo instalo en mi mente como ficción;
lo desnaturalizo en sí mismo y lo convierto en algo muy diferente,
como para poder destrozarlo, como para poder masticarlo, como para
que se haga accesible a mi sistema digestivo, para que mi sistema
digestivo se lo aguante, digamos, y salga como un producto diferente
y nuevo [5].
Esto es lo importante en la escritura de Alicia Kozameh: los hechos salen
como un producto diferente y nuevo, transformados en su sustancia.
De modo que, aunque algunas de sus novelas contienen un elemento autobiográfico,
no es lícito confundir esos textos con un simple testimonio. Contienen
un factor vivencial, pero son, además, productos de la fantasía.
Así sucedió con su primera novela Pasos bajo el agua
[6], donde se elaboran, con ese método
especial, los años en la cárcel y el difícil regreso
a la realidad exterior: salir del Sótano, liberarse de la existencia
soterrada con "pasos bajo el agua".
Liliana tenía que esperar.
En aquel entonces, Alicia quiso tener un hijo, una hija. Y nació
Sara. Pero pasó algo raro: en vez de decir mi hija,
la madre decía mi hermanita, confundía los nombres
de las dos, en fin, se sucedían un sinfín de lapsus linguae
y actos fallidos. Ella se quedaba alarmada, porque comprendió que
de hecho, su hermana no estaba muerta, que nunca la había enterrado
del todo, mejor dicho: la había enterrado en sí misma. Durante
todos aquellos años, ella la había llevado dentro, embarazada
con o por ese cuerpo muerto. Y ahora, éste empujaba para salir
por fin, para resucitar. Daba fuertes señales de vida y, sobre
todo, amenazaba con meterse en un conflicto de identidad con su hija recién
nacida: si Alicia no lograba comprender que la hermana estaba muerta,
correría peligro de que tratara a su hija como antes a Liliana:
como un ser dependiente, inmensamente sobreprotegido. Y la vitalidad de
Sara sería cercenada por ese efecto de contaminación solapada.
Alicia hizo lo que ya había hecho una vez: pocos días después
de nacida su hija, decidió escribir una novela. Pero esto no era
tan fácil: emocionalmente, se sentía totalmente bloqueada,
algo no la dejaba escribir, el proceso de memorización del pasado
no funcionaba, los hechos estaban enterrados muy hondamente. Por fin
ella ya estaba en Buenos Aires con su hijita de tres meses se le
ocurrió una idea insólita: quería someterse a hipnosis
y que alguien le diera la orden de recordar. Y en Hugo Hirsch encontró
a la persona que había buscado: alguien que fuera capaz de liberarla
de sus bloqueos mentales y emocionales. Así logró, en un
proceso muy largo, retroceder al terreno de la infancia. Con sus patas
de avestruz.
De repente, volvió a tener cuatro años y pudo ver a su hermana.
Con sus patas de avestruz. Y éste era el principio de la novela:
Debo verla, seguramente, ahí, debe ser así, debo verla
torciendo esa rodilla hacia afuera, sentada sobre el suelo de baldosas
casi grises de un patio con zonas amarillas. Debo verla, ese pelo
grueso y lacio, esa tiniebla. Mamá, hambre debe decir,
y yo debo oírla; oírla y escucharla, y no todavía
pero pronto preguntarme para qué el hambre, tanta hambre.
Debo poner la mirada lejos, y en el intento de perderme, entonces,
escuchar esa voz, ahora sí escucharla, prestarle toda la atención
que reclama. Debo poner la mirada en algún rincón oscuro,
oscurecido de movimientos secretos, casi inaudible el aire movedizo,
ansioso. Y digo: para qué ese hambre. Debo estar oyendo sus
letras ausentes, su mamá, hambe, debo estar preguntándome
por qué no se larga a llover muy tupido y ruidoso así
cambia ese paisaje allí, hoy.
Debo ver su brazo rígido extenderse en el espacio tratando
de señalar un objeto llamativo, quiero, algún
quiero rojo o amarillo que cuelga de un clavo o que aparece por entre
los cubos de madera metidos en la canasta de mimbre pintada de azul.
Y debo verla, debo estar preguntándome a qué responde
ese quejido final: si a mi tardanza, al tiempo que me tomo en alcanzarle
lo que pide, o si a una burbuja de aire perdida en su pedazo de pulmón
que brega, se debate por salir, y que en el esfuerzo logra filtrarse
por la garganta y movilizar las cuerdas vocales.
Y debo angustiarme un poco sin saber muy bien por qué, al percibir
en el aire contenido, embotado de ese patio, que su pelo lacio es
mi pelo enrulado y mi pelo enrulado es su pelo lacio, tan inútiles
todos esos pelos como sus rodillas y sus uñas. Porque no camina
y no araña. Y porque nuestros pelos, al ser uno, son casi inexistentes.
Debo decirme y no, quizás en aquel tiempo no, pero ahora me
lo digo, que haber sido despedidas por las mismas caderas nos hace
iguales, nos hace la misma, y que si sus pelos son inútiles
los míos también lo son. Debo pensarlo ahora y sentirlo
antes y ahora, cuando con cuatro años la miraba, la miro, siempre
hablándole.
Debo empezar a caminar bastante lentamente en la intención
de conseguir el quiero rojo que es, seguro, el que me pide. A paso
lento, de alguna manera sabiendo que, menos decidido sea, más
colores y formas que me rodean registra, más para después,
más y más para el futuro. (9-10)
En cuanto a la composición del texto, es especialmente notable
la perspectiva narrativa, que aparece escindida en las tres personas gramaticales:
el yo, representado por la protagonista Alcira, la hermana sana
que al principio tiene cuatro años y crece a medida que avanza
el texto; el vos, representado por Jorge, un amigo de la infancia
que al principio tiene ocho años y al final 19; y un ella
algo rudimentario, encarnado en Mariana (así es el nombre de la
niña enferma en la novela). Con relativa regularidad, estos tres
personajes alternan en la función de narradores. A través
de estas perspectivas complementarias, se da una imagen plástica,
casi holográfica, que confiere más efecto en relieve al
texto. A esto se suma la dualidad del horizonte temporal: con excepción
de Mariana, que vive prácticamente sin tiempo y no evoluciona,
siempre habla en su código deficiente, los pasajes contados por
Alcira y por Jorge aparecen escindidos entre un antes y un
ahora, con unas líneas divisorias a veces poco menos
que invisibles. No siempre queda claro cuándo habla el niño/
la niña y cuándo el adulto/ la adulta. A no ser que el lector/
la lectora observe con mucha atención sus particularidades lingüísticas
y de expresión, así como la profundidad de sus pensamientos.
En esta suerte de posición de hamaca, este vaivén entre
la persona que recuerda y la persona a la que recuerda, el significado
se mantiene en un flujo y reflujo permanente, como flotando, lo cual constituye
uno de los atractivos adicionales del texto.
Yo la miraba boqueando, esperaba de ella que corriera detrás
tuyo, sobre todo cuando a mí se me daba por elegir la cirugía
siendo, como en casi todos los casos, yo el médico y vos la
paciente. Ella tendría que haber corrido para alcanzarte cuando
te escapabas de mi intervención quirúrgica. Todo el
trabajo que me había dado entrar en la cocina, abrir el cajón
de los cubiertos mientras mi madre removía un cóctel
imprevisible de verduras en la gran olla enlosada y azul, extraer
una cuchilla, la más grande, la más filosa, y salir
desesperado para no ser descubierto, a operarte. A abrirte alguna
herida. Y vos que tenías miedo, y vos que huías de mi
cuchilla, y ella que me miraba, pálida. Que no podía
despegarse de esa especie de sillón. Pero no iba detrás
tuyo: no era mi aliada.
Entraste a tu casa sumergiéndote en el largo pasillo de paredes
amarillas mezcladas con el verde y el fucsia de las santarritas que
le caían desde los bordes del tapial. Entraste enredándote
en tus propios pies, atropellándote y dándote las rodillas
contra las baldosas del piso. Yo disfrutaba tu traspiración
y la cerrazón de tu garganta. Perdías la posibilidad
de respirar y yo ganaba en velocidad a fuerza de ánimo. Pero
llegaste antes. Tu pie atravesó la segunda puerta, que te salvaba.
Me quedé ahí parado, cuchilla en mano, escuchando un
mamá, hambe, dulcelete, o algo próximo a
eso, que de pronto contribuyó a calmarme y a hacerme dudar
de mi propia existencia. Cómo es esto de estar vivo
me pregunté, con ocho y tan activos años, ojos celestes
y una nena vecina que no entendía mi inclinación a la
cirugía médica, y que estaba en plena posesión
de una cosa tan asqueante y llamativa y a la vez tan difícil
de mirar como ese ser de pelo oscuro y lacio que era lo que ella llamaba
su hermana. Lo que vengo a preguntarme ahora es cómo no me
interesaba tu hermana como objeto de experimentación. (14-15)
Habría que decir también algunas palabras acerca de la dimensión
política del texto, que a primera vista no está tan presente
como en Pasos bajo el agua, pero que se puede descifrar a través
del aspecto alegórico del argumento. Yo, al menos, veo a la hija
desvalida como encarnación del pueblo oprimido, que no puede ser
rescatado sino por la acción solidaria de una hermana.
Veo al padre agresivo, violento, como personificación de las autoridades
dictatoriales; su condición de banquero también lo identifica
como representante del poder económico. Y veo a Jorge como exponente
de aquellos revolucionarios machistas, que en el fondo se identifican
con el poder, que no quieren sino arrebatarlo de las manos de la clase
dominante para ejercerlo ellos mismos, a su manera. De esos revolucionarios
que tampoco llegan a entender la causa de la mujer, porque
para ellos, no pertenece a las causas rescatables. Alcira, en cambio,
se entusiasma por las causas perdidas, quiere enseñarle a su hermana
cuando todos ya creen que no podrá aprender nunca, se hace amiga
de las sirvientas, aunque para su padre constituya verdadero castigo que
tenga que comer con ellas en la cocina. Y se enamora de un negro,
que de negro no tiene sino su condición de clase baja, motivo de
desprecio para su padre capitalista.
Jiafa oigo, y el dedo de Mariana apuntando lento y seguro hacia
la página con colores brillantes y amarillos.
Debe cada letra, cada sonido debe estar llenándome los tímpanos,
los costados del cerebro, penetrándome por las circunvoluciones
como por ríos, invadiéndome y dándole a todo
mi cuerpo la satisfacción inesperada. Jiafa dice otra
vez Mariana, y salto, mis piernas como bombas estallando, mi estómago.
Mamá grito, y toda la locura, mamá, Mariana
reconoce la jirafa. Las habitaciones recorro con mis piernas,
los pasillos larguísimos, los techos. Escucho el aire y oigo
Está en la peluquería, y esa voz es de Carmen
mientras seca los platos, los cubiertos.
Azules los zapatos de Carmen, veo las puntas levantadas como si tuvieran
un bulto adentro, una montaña de huesos. Una pelota de huesos
con puntas. Y las manos rojas con las uñas rojas y descascaradas.
Y tan cortas. Se mueven enredadas en el pedazo de toalla con que seca.
El pedazo húmedo de toalla.
No quiero mirarlas. Las manos de Carmen no son como las de mi mamá.
Blancas son las de mi mamá, las uñas largas, y más
ahora que vivimos en Rojas, que es una ciudad grande y con muchos
edificios y gente, y que la casa está llena de cuartos y pasillos,
y que ella es más importante. Dice siempre que desde que estamos
aquí se siente una señora. Pintadas pero sin descascarar.
No tiene esas arrugas, y los dedos son muy largos. El contador del
banco le dice Qué manos, señora y mi mamá
siempre se ríe. Ni una vez se queda sorprendida. Es como si
ella supiera lo que le van a decir. A Carmen no se lo dicen. Pero
tampoco nadie le dice Qué uñas despintadas, qué
manos ajadas tiene, Carmen. Nadie le dice nada.
No quiero mirarle las uñas a Carmen. Pero a veces las veo mucho,
y me parece que ella me las muestra. Como si me las pusiera delante
de los ojos.
El piso miro y digo Carmen, Mariana reconoce las jirafas, y
veo los zapatos azules, y no quiero mirarlos. Muevo los hombros y
mis ojos se levantan, mi frente, muevo la boca y me salen los sonidos
mirando el delantal, el choclo dibujado, el ananá, ningún
otro animal distingue, y oigo Alcira, ponete a estudiar, ella
no va a aprender pero vos sí, no pierdas más el tiempo.
Una sirvienta siempre tiene razón, así que me da miedo.
(105-106)
*
Qué es esto, al fin y al cabo. No quiero abrir los ojos. Papá
diciendo lo mismo tantas veces, más de cuatrocientas
personas, más de cuatrocientas personas, y le sale eso
desde la panza chata ésa que tiene, porque la fiesta es para
él más que para mí. Se deshace del entusiasmo
por el número de personas que él invitó a
la fiesta dice, a la fiesta, como si fuera la fiesta de nadie
o de todo el mundo.
El del cerdo. El que está asando el cerdo en la parrilla. Ese
me gusta. No puedo mirarlo. No como yo quiero. Me estallan adentro,
entre la boca del estómago y el esternón, todas las
palabras que tuve que oír esta tarde, me estallan como balas
de fogueo. Cuando los asadores recién habían llegado,
antes de que empezaran a venir los invitados. Papá me vio mirarlos
y charlar con ellos, y lo primero fueron las señas con el dedo,
de que fuera. Fui y oí Vos tenés vocación
de sirvienta. Sos lo que sos, ni más ni menos: una sirvienta.
Cada día me quedan menos esperanzas. Lo único que te
falta es andar revolcándote con esos negros por las afueras
del pueblo, como hacen todas tus amigas. Seguís hablando con
los asadores y en esta casa hoy no entra ni uno solo de los doscientos
invitados. Y cuando pronuncia doscientos parece que abriera
la boca mucho más grande que cuando dice todo lo demás.
Escupirle la cara. Me dan ganas de bañarle la cara en saliva
cuando habla de esa forma. Si la sirvienta me dejara ir a vivir a
su casa, si no tuviera miedo y me dejara, me iría ya mismo.
No me darían ganas de ganarme la vida limpiando casas. Pero
puedo vivir con ella y dedicarme a otra cosa. Y si quererla y ser
amiga de ella es tener vocación de sirvienta, mi papá
tiene razón: tengo vocación de sirvienta, de atorranta,
y de todo lo que se le ocurra. Me gusta el asador.
Que no sé por qué mi papá insiste en llamarlo
el negro ése, si de negro no tiene nada. Es bien
rubio. Italiano del norte, seguro, porque los del sur son de pelo
negro y nariz ganchuda, casi árabes. Eso dice la gente. No
sé por qué están tan divididos los italianos.
Rubio con esos rulos apretados, y esos ojos grandes y de color agua.
Transparentes. Y los bigotes tan anchos y tupidos. Pero es viejo.
Por lo menos treinta tiene.
Ordinario. Un poco. La piel medio rojiza. El cuello. Pero me gusta.
Es como áspero. Chata la nariz. Como si le hubiera quedado
así después de una trompada. Pero no creo. Quién
le va a pegar. Parece bueno. Y si fue así, seguro que la devolvió
bien devuelta.
Cecilia también lo mira. Y Nora se lo pasa yendo a la parrilla
con la excusa de que los pedazos de carne que le tocan están
muy crudos.
Una gota de coca cola. Justo adelante y en la teta. No se nota tanto.
Se mueven y se mueven. Desde acá parece un bosque lleno de
árboles mágicos que se mueven sin viento que llegue
de ningún lado.
Estoy muerta del cansancio. Con todos ellos bailando, y el que me
gusta más es Jorge, que creció mucho pero sigue teniendo
esa frente ancha de cuando corría detrás de mí
con ganas de matarme. Y esos ojos que le ocupan la mitad de la cara.
Y los bucles largos haciéndole cosquillas en la frente. Y él
sacudiendo la cabeza para correrlos. Igual.
No se parece al asador. Los dos son rubios de rulos, pero no se parecen.
Jorge baila muy bien. Sabe todos los pasos nuevos de las cumbias.
Y más temprano, cuando bailábamos juntos algo lento,
esa de Aznavour, no me apretaba. Era como si no le importara. Y me
miraba como enojado. Serio. A lo mejor se acuerda de cómo peleábamos
de chicos. Como si me tuviera rabia.
Voy a ver si viene el fotógrafo. Y después me vuelvo
a seguir bailando. Jorge. Camina hacia acá. Tiene cara de haber
tomado vino.
Me parece que me gusta más el asador. (137-138)
También tenemos que decir algunas palabras sobre la traducción,
que por las mismas características del texto, mencionadas arriba,
no ha sido nada fácil. En estas circunstancias, la ayuda de la
autora para entender pasajes problemáticos ha sido de valor inestimable.
Durante todo el proceso de traducción, estábamos en contacto
vía correo electrónico, y cuando a las dos nos fallaba la
fantasía o la imaginación, todavía estaba ahí
David Davis, su traductor norteamericano, que al mismo tiempo estaba traduciendo
el texto al inglés, así que realmente se originaron verdaderas
historias de triángulo en la red electrónica.
Para no ocupar demasiado espacio, no mencionaré sino un ejemplo:
Es un juego lingüístico, un problema de homofonía entre
el nombre de la niña, Dora, y el adjetivo dorado:
El picaporte es dorado. Dorado quiere decir de oro. No sé por
qué se dice así. Está mal. Tendría que
decirse orado. O si no, oroso. Orero. Orico. Orístico. Porque
dorado tiene que querer decir otra cosa, por ejemplo que está
hecho con dora, que no existe. No sé qué es la dora.
No hay nada que se llame así. Sólo mi hermana, que se
llama Mariana Dora. Y que está enferma. Pero se escribe con
mayúscula. (35)
Con Alicia estuvimos discutiendo cómo resolver este problema, porque
en alemán no existen palabras que suenen parecidas a Dora, excepto
dorisch, y no podíamos meter una columna dórica
en una casa particular. Yo veía muy clara la solución en
inglés, con door, que en alemán no funcionaba
porque un Tor es algo más solemne y representativo
que la puerta de un dormitorio. Pero a David Davis se le ocurrió
cambiarle el nombre a la chica y llamarla Gilda o Golda, para hacer el
juego de palabras con gold. Esto también me serviría
para el alemán. Yo, sin embargo, tenía dos tipos de escrúpulos:
1, porque el nombre Golda, en nuestras latitudes, está muy estrechamente
(casi metonímicamente) ligado a Golda Meír, la robusta y
enérgica ex primera ministra de Israel, que nadie podría
asociar con una niña minusválida. Y 2, porque no sabía
si era lícito cambiarle el nombre a un personaje (que por cierto,
era un personaje literario) que tiene un fondo biográfico. Entonces,
Alicia por correo me explica:
Dejame decirte que mi hermana se llamaba en la realidad Dora Liliana.
Pero no Mariana. Mariana es un invento para el libro. Así que
sentite libre de llamarla como quieras, porque es mucho mejor conservar
el juego de palabras que el nombre mismo. A David se le ocurrió
llamarla Gilda (para que se pueda armar el juego con gold, etc.,)
pero ahora acaba de ocurrírseme que Golda, como Golda Mehir,
¿te acordás?, podría funcionar mucho mejor, se
acerca más. [...] Como nombre Golda me encanta, me gusta más
que Dora, es más original, y como Mariana tampoco es su nombre,
¿qué más da? Tanto en alemán como en inglés
va perfecto. Digo, para la traducción. Si se publica en español
será Dora. (1 de febr. 1996)
Para dejarlo en Golda, sólo me faltaba un elemento,
bastante importante, del pasaje original. La última frase: Pero
se escribe con mayúscula indica que la niña, a pesar
de que no tiene más que cuatro años, ya sabe leer y escribir
es una niña precoz e inteligente, no se le esconden los
significados solapados (como aquellos de los que están hablando
los adultos detrás de la puerta en la que Alcira está escuchando).
¿Cómo iba a dejar traslucir esto en un texto alemán,
en el que Golda se escribiría exactamente como Gold,
como oro? De pronto, pensando en los textos que una niña
de cuatro años puede leer, se me ocurrieron los cuentos de hadas,
donde siempre se habla del oro en términos de gülden:
ein gülden Löffelchen (una cucharita dorada), eine
güldne Krone (una corona de oro), etc. Y me permití
transformar a Golda o Gilda (que en español, se escribiría
Guilda) en Gylda. Y he aquí la solución final:
Der Türgriff ist gülden. Gülden heißt aus Gold.
Ich weiß nicht, warum man so sagt. Das stimmt nicht. Man müßte
goldig sagen. Oder sonst goldsam. Goldhaft, goldlich, goldbar. Denn
gülden heißt etwas anderes, zum Beispiel, daß es
aus Gülda gemacht ist, aber sowas gibt es nicht. Keine Ahnung,
was Gülda ist. Es gibt nichts, was so heißt. Nur meine
Schwester, die heißt Mariana Gylda. Und die ist krank. Aber
die schreibt man mit Ypsilon. (pág. 48 de la traducción
alemana, ver nota 2)
Como traductora y como crítica literaria estoy muy contenta de
que, como en los cuentos de hadas con sus coronas y cucharitas de oro,
este cuento, que parecía de nunca acabar, haya llegado a buen término.
El happy end, en este caso (y para seguir usando la metáfora),
es la publicación del libro en Argentina. Pero como en los cuentos
de hadas, lo interesante será qué pasará después:
Vivieron felices y comieron perdices suele ser la fórmula
mágica, pero sabemos que a la protagonista de Patas de avestruz
no le gustan las perdices (y creo que a la autora tampoco). Le gustaría,
eso sí, que el libro encontrara un público lector inteligente
que lo leyera no solamente como una historia de dos hermanas disímiles,
no sólo como bildungsroman femenino, sino como una gran
metáfora de los años cincuenta y sesenta en la Argentina.


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