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TIEMPO DE MORIR
Lucía Guerra
Laura arribó a Londres después de un largo viaje que había
trastornado el movimiento de las horas. Desde la ventanilla del avión,
había visto dos veces emerger el disco del sol por sobre la línea
rojiza del horizonte, en amaneceres que contradecían las manillas
de su reloj, aún marcando la hora de Santiago regido por el estricto
toque de queda que había impuesto la dictadura militar. Entre los
pasajeros y las sonrisas afables de las azafatas, ella seguía viviendo
la experiencia dolorosa causada por la muerte. Aún permanecían
en la retina de sus ojos, los cirios encendidos y las coronas de flores
rodeando el féretro donde yacía José Miguel. Allí
lo había visto por última vez, tras el vidrio que daba un
extraño viso a sus mejillas y a sus párpados amoratados.
Y hasta ahora perduraba en su memoria, la imagen de sus labios en una
mueca de dolor que también parecía haber sido su último
esfuerzo por aferrarse a la vida. Ella misma le había abrochado
la camisa para después anudar esa corbata de seda azul oscuro que
él siempre elegía para las grandes ocasiones porque le parecía
tan elegante el contraste de aquel color sobre la popelina blanca. En
el ataúd, la corbata y el cuello de la camisa ahora cubrían
la marca de la soga con la cual lo habían ahorcado, antes de arrojar
su cadáver en las afueras de la ciudad.
Aquella herida que conservó grumos de sangre, no obstante haberla
limpiado repetidas veces con un paño empapado en alcohol, se quedó
grabada en la mente de Laura quien, después del entierro, dejaba
pasar los días y la vida misma, como si a ella también la
cubriera la lápida de la muerte. Con indiferencia, oía a
sus padres informándole de los trámites apresurados que
estaban haciendo para que ella saliera de Chile y evitar así el
peligro de que fuera a ser detenida. Y, en ese mismo estado de ánimo
sumido en el vacío y en la nada, llegó hasta el aeropuerto,
entregó los bolsos y las maletas que sus primas le habían
preparado y con el débil esbozo de una sonrisa, se despidió
de su familia.
Me duele el alma verte partir, hija míale dijo su madre tratando
de sofocar el llantopero también siento un gran alivio. Allá
en Inglaterra, con esa gente tan sobria y civilizada, te curarás
de este shock nervioso. Tan intenso, Laura, pero superable, gracias a
Dios . . . Pese a todo lo que está ocurriendo aquí, en cuanto
llegues a Londres, te darás cuenta de que son las fuerzas del bien
las que verdaderamente guían este mundo.
Varias personas esperaban a la salida de la aduana y entre ellas, vio
a una joven rubia que portaba en lo alto un letrero en el cual su nombre
estaba escrito en grandes letras de imprenta. La había venido a
buscar para llevarla al hotel donde pasaría tres días, antes
de que la transportaran a Birmingham.
Al cruzar las puertas de aquel hotel construido a mediados del siglo XIX,
según le había informado Mary Ann, la asaltó la extraña
sensación de que entraba en un ámbito que correspondía
a otro tiempo, de que si el avión, en su travesía hacia
el este, había salido al encuentro del sol adelantándose
a las horas de su reloj, allí, en un viaje vertical hacia zonas
subterráneas, le parecía haber atravesado por la oculta
arqueología de un centenar de años. Esas columnas de madera
tallada arrojando sombras sobre un mueblaje antiguo y todos aquellos cristales
opacos de las lámparas daban la impresión de haber apresado
el paso del tiempo para inmovilizarlo mientras afuera seguían corriendo
los años y las hojas de los calendarios.
Había en el hotel un pesado olor a moho, a tumba cubierta de musgo
y Laura tuvo el presentimiento de que, en ese lugar, la acechaba la muerte.
Luego, cuando entró a la habitación que le habían
asignado, se le ocurrió que las flores diminutas que adornaban
el papel de las paredes y esas dalias que se entrelazaban armoniosamente
en la cretona verde de las cortinas, evocaban las flores de un funeral.
Tratando de desechar una idea que parecía tan absurda, abrió
la cama y redistribuyó los almohadones diciéndose que no
resultaba insólito que se le aparecieran las imágenes de
la muerte en este otro rincón del mundo. Después de todo,
durante años, había oído tantas historias de muertos
y desaparecidos y junto al cuerpo yerto de José Miguel, había
visto hileras de otros cadáveres expuestos en La Morgue y a la
espera de ser identificados. Era muy posible que llevara la muerte a sus
espaldas o, tal vez, la muerte estaba allí para acabar de una vez
con su dolor.
Sofocando un sollozo más, abrió una de las valijas para
sacar su camisa de dormir y se dirigió al cuarto de baño.
Las paredes cubiertas por baldosas de un celeste envejecido daban al lugar
una atmósfera de recinto antiguo, de alguna casa en la campiña
inglesa donde corrían niñas de botines de cuero y largas
trenzas. Al fondo, se encontraba una tina refaccionada y abriendo las
pesadas llaves de bronce, Laura dejó caer el agua por un par de
minutos mientras empezaba a sacarse la ropa. Sobre un piso de caoba oscura
puso ese sweater que José Miguel le había regalado para
la navidad sin saber que, sólo dos meses después, el ribete
plateado de las mangas estaría brillando a miles de kilómetros
de su tumba. Con ese desgano que ahora caracterizaba todos sus movimientos,
entró a la tina y se sentó allí por un rato sintiendo
que el vapor humeante sobre sus hombros y sus mejillas junto con la calidez
del agua en la piel de los muslos, le producían un grato descanso.
Entonces, estiró todo el cuerpo echándose hacia atrás
y fue en ese instante cuando súbitamente resbaló y apenas
alcanzó a aferrarse al borde de loza para esquivar un rudo golpe
en la nuca. Aquello no había sido un accidente, pensó tomando
aliento, alguien, algo, la había empujado y en una sensación
de pavor, salió rápidamente de la tina y se cubrió
con la toalla.
Dió unos pasos titubeantes hacia el espejo cubierto de vaho y,
en ese momento, le pareció divisar la silueta de la muerte moviendo
los huesos de su esqueleto en una forma tenue y ligera que no producía
ningún ruido. Es el agotamiento de este viaje tan largo,
se dijo bajando la cabeza, pero cuando volvió a levantar la vista,
vio que, igual que en un film en blanco y negro, la calavera tomaba otras
dimensiones proyectándose, como si fuera la imagen de un close-up,
en toda la superficie del espejo. Lentamente aquella imagen de cuencas
vacías y mandíbulas desnudas iba adquiriendo la fisonomía
de un rostro de párpados dormidos y, de pronto, sobre el cráneo
fue adquiriendo forma un tongo negro mientras, en el labio superior de
esa boca con gesto imperioso, empezaba a perfilarse un bigote de guías
muy largas y afinadas, semejantes a las de aquellos señores que
aparecían en las fotografías que su abuela guardaba bajo
llave. Con un estremecimiento de pies a cabeza, Laura pegó un grito
y de un manotazo, limpió el vaho del espejo haciendo desaparecer
esa figura siniestra que ahora parecía permanecer detrás
suyo y casi rozando su espalda desnuda.
Temerosa corrió hasta el dormitorio y se quedó de pie junto
a la cama, con los ojos fijos en la pantalla de la lámpara del
velador que lucía un alegre paisaje rodeado, en la guarda, por
margaritas silvestres. Esas eran precisamente las flores que ella imaginaba
cuando en la escuela, se unía al coro de niñas para cantar
el himno nacional que definía su patria como un campo de flores
bordado bajo el cielo azul de la libertad.
¡Y ahora tanta muerte, Dios mío, tanta muerte!,
musitó para sí buscando otra camisa de dormir. Son
todas esas muertes las que me han hecho tener esta alucinación
. . . porque eso ha sido, una alucinación, producto de este shock
nervioso, como lo llama mi madre nada más que por darle un
nombre a mi dolor, a esta desesperación, más allá
de todo posible grito, que me ha dejado la muerte de José Miguel.
A punto de soltar el llanto, se metió en la cama y cerró
los ojos tratando de quedarse dormida y, en la oscuridad de sus párpados
cerrados, se perfiló el rostro de José Miguel, ayúdame
a tolerar tu muerte, le dijo en silencio, y encogida en esas sábanas
ajenas, evocó el peso de su cuerpo cuando la penetraba con un vigor
de marea creciente y volviendo a sentir la textura de su lengua sobre
la piel de los senos, se fue adormeciendo.
Como si estuviera de nuevo mirando las estampas que Miss Hamilton mostraba
en la clase, a un costado del río divisa el Globe Theatre alojando
aún los ecos de los versos de Shakespeare, más allá
se eleva el Big Ben junto al Parlamento y marcando las horas con la misma
exactitud de sus líneas simétricas mientras, entre los pesados
muros de la Abadía de Westminster, se erigen las estatuas de esa
larga monarquía que, según Miss Hamilton, había logrado
perdurar dentro de un sistema democrático. En aquellos años
de su niñez y adolescencia, los adultos siempre decían que
los chilenos eran los ingleses de América que, de un modo sobrio
y ordenado, resguardaban una libertad que contrastaba con las sangrientas
dictaduras de los países tropicales . . . Eso decían siempre,
con un dejo de orgullo, hasta el momento del golpe militar cuando la sobriedad
había dado paso a la violencia.
Laura entonces intuye que en este hotel de apariencia tan culta y civilizada,
también fermentan otras fuerzas ocultas y lo que parecía
haber sido una alucinación, ahora se convierte para ella en una
realidad palpable. Alguien, algo permanece en el cuarto de baño
mientras ella yace en este lecho rodeado de flores estampadas en el papel
de la pared, en las abultadas cortinas, en la pantalla de esa lámpara
que ha dejado prendida por temor a la oscuridad . . . Sin saber por qué
ahora surge la imagen de la Torre de Londres. En el sector inferior de
ese gran muro de piedra gris, ve aquel portón cruzado de barrotes
y que se ha designado como la Puerta del Traidor. Tras los barrotes, divisa
una celda húmeda y oscura reflejándose en el agua pantanosa
a los pies de los escalones cubiertos de musgo ennegrecido. Por allí
pasaban todos aquellos que habían sido acusados de conspiradores
y entre esas paredes, esperaban el momento en que vendría el verdugo
para llevarlos al patíbulo. Encerrados en la torre habían
sido asesinados esos dos príncipes quienes, ignorando las tramas
de la política, se dedicaban a sus juegos infantiles, sin sospechar
que sus cadáveres serían tapiados en esa misma torre. Entonces
Laura recuerda a la reina de Escocia ejecutada por orden de Elizabeth
I y a Lady Jane Grey quien, al ver la cabeza decapitada de su esposo,
le había arrebatado al verdugo la venda de las manos y se la había
puesto ella misma sobre los ojos, ordenándole que fuera rápido
y eficaz con su hacha. Ella también habría querido ofrecer
su cuello a los verdugos de José Miguel para morir a su lado. En
ese momento, la imagen de la Torre de Londres se ilumina, como si fuera
una postal de turistas, y en un costado divisa la figura de ese hombre
que se cubre con una capa negra y un sombrero en forma de tongo. Desde
la postal y desde el espejo del baño, está llamándola
porque ella fue la mujer que, hace muchos años atrás, no
alcanzó a ser su víctima.
Abriendo los ojos, repasa con la vista las flores de la cortina, y presiente
que allí está agazapado el hombre que salía en las
noches londinenses para dar tajos certeros en el cuerpo de una mujer.
La cortina ondea casi imperceptiblemente y Laura recuerda el cuello ensangrentado
de José Miguel, sus mejillas mustias y esa mueca en sus labios
amoratados. Vuelve a escuchar las palabras de su madre en el aeropuerto
y se dice que está equivocada, que no son las fuerzas del bien
las que rigen el mundo sino un limo oscuro que fluye soterradamente en
cualquier lugar de la tierra.
Morir susurra cerrando los ojos y es entonces cuando se encuentra
en un cuarto lóbrego y miserable. La calle se llama White Chapel
y a ella le corresponde salir una hora después de Jane quien está
de pie frente al espejo poniéndose el abrigo largo que la protegerá
de la humedad producida por la espesa neblina. Oscura está
la noche, pero no faltará el cliente que me brinde unos peniques,
dice Jane sonriendo y ella ve el hueco oscuro de esos dos dientes que
faltan en su dentadura de marfil opaco y carcomido. Y si te encuentras
a Jack el Destripador, bien que le puedes volar una libra esterlina y
tres chelines, exclama la vieja Rose que se dedica a atizar el fuego.
Jane, divertida con el comentario, lanza una carcajada, se da media vuelta
y haciendo un gesto de despedida, se aleja por la calle estrecha y oscura,
cojea levemente de la pierna izquierda y al llegar a la esquina, empieza
a entonar una alegre canción irlandesa.
Mientras la voz de aquella mujer se pierde en la lejanía, Laura
entreabre los ojos y ve apoyado en el borde de la cama, a ese hombre ahora
de silueta nítida, como si un rayo de luna estuviera iluminando
todo su cuerpo. El tongo negro se balancea levemente mientras le clava
la vista y de sus labios, sale un murmullo que parece resonar en el bigote
de guías muy largas. Ese ruido sordo que se extiende en una resonancia
destemplada, semeja el graznido de las gaviotas hambrientas posándose
en la arena negra y húmeda de una playa sin confín. Voy
a morir rodeada de nietos en Dublin, decía siempre Jane sin
saber que terminaría en un suburbio de Londres y con los intestinos
afuera. Ella había visto su cadáver apenas iluminado por
el farol de un policía mientras los mendigos se persignaban llenos
de temor. El tajo cruzaba desde la garganta hasta la línea del
pubis y en la mirada de Jane, ahora por siempre fija, le pareció
oír una señal, o tal vez, esa señal provenía
de su boca entreabierta en el último estertor. Tú
serás la próxima, oyó que le decía Jane
y después de depositar un beso en su mano fría, ella se
había internado en la calle, en sentido contrario a la pieza donde
había vivido ya por más de tres años . . . Había
resuelto abandonar su pobre oficio de prostituta para no ser la próxima
víctima del Destripador y salvar así su vida. Se ganaría
el pan limpiando el suelo de los ricos, recogiendo las astillas de carbón
allá en esa fábrica que tenía una chimenea muy grande,
o se perdería en la multitud de pordioseros que asolaban la ciudad
. . .
Ahora, bajo esa arena negra y húmeda, fermentan larvas y amebas
de piel viscosa, raíces y sarmientos que se entrelazan creando
una red abyecta, un entramado del tiempo y de la historia, que dejó
su muerte sangrienta suspendida por un centenar de años. El hombre
sostiene en su mano derecha un cuchillo que relumbra en la oscuridad,
lentamente acaricia el filo acerado con una expresión de poder
y de maldad, antes de arrojar la primera puñalada. Y ella entonces
ve una guirnalda de dalias y margaritas silvestres que se engarza formando
la corona fúnebre que caerá sobre la caja de madera que
reviste su cuerpo descuartizado.

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