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Mara García entrevista a Angélica
Gorodischer
Angélica Gorodischer
nació en Buenos Aires (Argentina) y vive desde hace muchos años
en la ciudad de Rosario. Ha publicado novelas y cuentos. Algunos de sus
títulos son: Cuentos con Soldados (1965); Opus Dos,
novela (1968); Las Pelucas, cuentos (1969); Bajo las Jubeas
en Flor, cuentos (1973); Casta Luna Electrónica, cuentos
(1977); Trafalgar, cuentos (1979); Kalpa Imperial, novela
(1983); Mala Noche y Parir Hembra, cuentos (1983); Floreros
de Alabastro, Alfombras de Bokhara, novela (1985); Jugo de Mango,
novela (1988); Las Repúblicas, cuentos (1991); Fábula
de la Virgen y el Bombero, novela (1993); Prodigios, novela
(1994); Técnicas de Supervivencia, cuentos (1994); La
Noche del Inocente, novela (1996); Cómo Triunfar en la Vida,
cuentos (1998); Menta, cuentos (2000).
Entrevista
MG - ¿Podrías hablarme sobre tu formación literaria?
AG - Mi formación literaria empezó cuando yo tenía
cinco años. A esa edad aprendí a leer y leí de todo.
Yo nací entre libros y los libros fueron mi vida, mis juguetes,
mi refugio, todo. No se puede generalizar, claro. Griselda Gambaro, la
mejor escritora argentina, me contaba que en su casa no había libros.
Pero ella tenía cerca de su casa lo que yo tenía en mi casa:
una biblioteca. Entonces empecé a leer desde muy chiquita y eso
es crucial porque las escritoras nacen de las lectoras. Y a los siete
años decidí que iba a ser escritora. Es cierto que escribí
siempre pero también lo es que hasta mucho más tarde no
lo hice en función de la literatura. Mucho después me di
cuenta de lo que había que hacer para ser una escritora profesional.
MG - ¿Hay otros miembros de tu familia que escriben?
AG - Mi mamá escribía. Era poeta y escribió además
una novela. Publicó varios libros, obtuvo premios y fue una persona
importante en la vida cultural de Rosario. Fue una de las fundadoras de
la Asociación Nosotras y de Amigos del Arte. Y Tomás Gorodischer,
que es el mayor de mis nietos, escribe cuentos de vez en cuando y por
lo tanto tiene ciertas inclinaciones hacia la narración. Bueno,
todos mis nietos leen y a todos les gusta esa cosa básica en la
vida de todo el mundo, que es un buen cuento.
MG - ¿Qué representa el acto de escribir para ti y cómo
elaboras tu obra?
AG - La escritura es mi modo de vida y no concibo la vida sin la escritura
ni la lectura. Es decir, no concibo la vida sin palabras que pesen en
el mundo, que estén cargadas de significado. Las palabras que una
usa todos los días, las que se usan al escribir, las que te prestan
la filosofía o la ciencia, las palabras vulgares, las exquisitas,
las sofisticadas, las pesadas y las livianas, las transparentes y las
opacas, es con las palabras que yo sostengo mi compromiso.
En cuanto a la escritura, ¿sabés?, escribir es como hacer
el amor con el mundo entero, no sólo las personas sino las cosas,
los sonidos, las sombras y las luces. La escritura es la felicidad, una
apertura hacia tierra, cielos y espacios.
Y escribo siempre, constantemente. Es como si fuera a la fábrica
o a la oficina, ahí donde hay que marcar tarjeta a la hora señalada
porque si no el jefe te llama la atención o te suspende. Yo soy
mi jefe. Escribo por las mañanas. A veces hay períodos muy
activos, como cuando una está metida en una novela. A veces hay
períodos más lentos y silenciosos. Pero eso no importa.
Cuando una no escribe también está escribiendo, porque va
almacenando lo que ve y lo que oye y lo que siente y lo que lee y todo.
Porque todo sirve. Cuando una es escritora, todo sirve.
MG - ¿Cómo nacen tus protagonistas mujeres?
AG - Cuando empecé a escribir profesionalmente todos mis personajes
eran hombres. Me parecía que la vida de los varones era más
interesante que la de las mujeres, qué tonta, ¿no? Yo ya
tenía idea de que algo andaba mal en este mundo, pero todavía
carecía del andamiaje ideológico. De pronto, casi sin querer,
empezaron a aparecer mujeres en mis cuentos y esas mujeres que aparecían
estaban todas locas. Ajá, pensé, bueno, es que las mujeres
estamos todas locas. No es que "las mujeres son todas locas"
como dicen los machistas. Es que las que sabemos estamos locas porque
sabemos y las que no saben están locas porque no saben. Es una
locura productiva, por cierto. Es la locura de la marginalidad y no hay
nada más productivo que la marginalidad, tan distinta de la auto-complacencia
del centro.
Además hay que tener en cuenta que yo vengo de una familia numerosa
de mujeres fuertes, ingeniosas, divertidas y decididas, que enfrentaron
la vida como pudieron pero que en último término, aunque
no todas, hicieron de su vida lo que se les dio la real gana. Fuera como
fuese, ellas hicieron de viga portante en sus familias, y ahí se
me vino abajo aquello de que las vidas de los varones son más interesantes
que las de las mujeres. ¡Cómo pude haberme equivocado tanto,
por favor! No es que desprecie ni a los varones ni a los protagonistas
masculinos de lo que cuento. Mis protagonistas son mujeres Y varones entre
otras cosas porque ese es el mundo al que aspiro.
MG - En tu obra se nota la presencia de personajes marginales como la
sirvienta, la prostituta. ¿A qué se debe la existencia de
ellas?
AG - Como te dije, la marginalidad es productiva. E interesante desde
el punto de vista de la narración. Lo marginal es productivo porque
no se queda quieto: o tiende a moverse para llegar al centro y convertirse
en otra cosa o tiende a crear su propio centro que a su vez creará
otros márgenes. Yo creo eso, que se crece por los márgenes.
Los movimientos políticos, las tendencias sociales, el lenguaje
todo eso viene de abajo o parte de los márgenes. Cuando una revolución
parte del centro o viene de arriba, no es una revolución, es un
golpe. Por eso suelo decir que cuando te dan palmaditas en la espalda,
la cosa se está poniendo peligrosa: te están diciendo que
te quedes tranquila, que todo anda bien, que no hay para qué cambiar
nada, y así.
Si pienso en alguno de mis textos, te diré que en Prodigios,
que es esa novela que yo aprecio tanto, hay un personaje que hizo su propia
revolución: Lola, la cocinera. La necesitaba en el desarrollo de
la novela pero no era alguien que me importara mucho. Al principio era
una gorda afable que decía sí señora, cómo
no señora, pero de repente empezó a aparecer con más
frecuencia y a decir cosas importantes. Yo terminé amándola
mucho y la dejé que hiciera lo que quisiera y por eso la novela
termina cuando ella, Lola, la cocinera, lanza ese grito que es de dolor
y de felicidad al mismo tiempo.
MG - ¿Y la Chuchi, en Cómo Triunfar en la Vida? ¿Es
también un personaje que se impone?
AG - Ah, la Chuchi es uno de esos personajes que más atractivos
me resultan. Pero yo sabía desde el principio que ella iba a ser
lo más importante del texto. Me gustan esos personajes que tienen
una doble vida, que parecen lo que no son, y que son algo inesperado,
un algo que cambia las vidas de los demás.
MG - ¿Apareces en tu obra?
AG - Yo siempre he sido centrífuga. Siempre he hablado de lo lejano,
en el tiempo o en el espacio, como fuera. Creo que hay que tener mucho
cuidado con lo personal. Hubo un poeta que decía que "no se
hacen poemas con los problemas personales". Y hubo un escritor que
dijo que "no se escribe con la pasión sino con el recuerdo
de la pasión". Cuidado con la pasión y con los sentimientos.
Se habla de distanciamiento, y eso quiere decir que el texto literario
no es expresión de sentimientos sino elaboración. Eso es
la literatura: elaboración.
MG - ¿Qué hilos conductores o temáticos aparecen
en tu obra?
AG - No miro mucho hacia atrás pero si lo hago me doy cuenta de
que he escrito siempre cosas muy diferentes. Claro que si lo pienso bien,
cosa que hago pocas, muy pocas veces, sé que hay una apariencia,
pero que hay ciertos temas a veces escondidos pero los hay, que me preocupan.
Uno de ellos es la justicia y otro es la adquisición de conocimientos.
El conocimiento no como erudición sino como descubrimiento, invención,
sabiduría.
MG - ¿Qué papel han tenido la historia y la política
argentinas en tu obra?
AG - No creas que puedo ser muy precisa en esto. Por cierto que quien
escribe jamás puede liberarse de las circunstancias políticas,
históricas, sociales, etc., del país que es el suyo o en
el que está viviendo. De modo que la ideología siempre está
presente a través del texto, lo mismo que el género. Ideología
y género están ahí, muy cerquita una del otro. Pero
si la ideología es lo más importante y debe ir en primer
plano, no hay que escribir narrativa sino ensayo. No se debe entrar a
la narrativa por la puerta de la ideología sino por la puerta de
la narrativa ¿estamos?.
Como todo el mundo, yo he escrito cosas que tienen que ver con la historia
y la política de mi país, pero siempre he escrito narrativa,
de modo que ese tipo de temas adopta otras vestiduras. Por ejemplo, durante
esa sangrienta, horrible dictadura que los militares llamaron Proceso
de Reconstrucción Nacional y que es una herida aun no cerrada,
yo pasé cinco años escribiendo un libro que se llama Kalpa
Imperial. Creía mientras lo escribía, que estaba haciendo
cuentos a la manera de Las Mil Noches y Una Noches. Bueno, una
nunca sabe qué es en realidad lo que está escribiendo, miralo
si no a Balzac. Y sin embargo en esos cuentos miliunanochescos pero occidentales
que yo creía que estaba escribiendo, aparecían los usurpadores,
las batallas, las dinastías, los vicios del poder, las masacres,
la injusticia, la decadencia de una sociedad a manos de los poderosos.
No había princesas que contaran historias al rajah. Había
otra cosa. Y cuando el libro se publicó vi que lo que había
era la dictadura militar argentina, disfrazada de otra cosa.
MG - Algunos investigadores dicen que en las obras escritas por mujeres
se nota una recurrencia de temas, por ejemplo los espacios domésticos
y la invención de espacios propios. ¿Estás de acuerdo
con esta aseveración?
AG - Creo que las mujeres echamos sobre el mundo una mirada distinta de
la de los varones. No mejor ni peor: distinta. Somos distintas. Tanto
que hemos llegado a ser Lo Otro. Tanto que subsiste, aunque bajo otras
formas, el miedo ancestral a las mujeres. A eso hay que agregarle que
nosotras ocupamos en este mundo una posición que no es precisamente
de poder, sino que es el lugar de la sumisión, de la opresión,
del sometimiento, y no me vengan con Catalina la Grande ni con Margaret
Thatcher. Eso todavía y a pesar de las conquistas de los movimientos
de mujeres, todavía no está resuelto porque este mundo es
un mundo de hombres y no de hombres y mujeres. De manera que nuestra mirada
es diferente porque somos diferentes. Lo que habría que encontrar
es la igualdad en la diferencia, pero eso es otra historia como decía
el inglés aquel de los bigotes y de los anteojos, tan buen escritor,
tan malditamente reaccionario. Hay una mirada y una voz femeninas, pero
esto no quiere decir, como acota Virginia Woolf, que las mujeres escribamos
sobre bebés y los varones escriban sobre la guerra. Esto quiere
decir que cada género escribe sobre sí mismo. Nosotras estamos,
queramos o no, escribiendo sobre nosotras aunque no estemos escribiendo
sobre nosotras (vida doméstica, amor, ternura, todo eso). Lo que
escribamos pasa por el tamiz de lo femenino. Tampoco estoy hablando del
acertijo: ¿a esto lo escribió un señor o una señora?
No lo sé ni me importa. Me importa si el texto es bueno o regular
o un fiasco. Pero no me importa el género de quien lo escribió
porque todo texto tiene género, el de la voz de un varón
o el de la voz de una mujer.
MG - ¿Qué representa ser escritora y mujer en este momento
en Argentina?
AG - Creo que nosotras somos sospechosas. En fin, toda esta actividad
de la literatura es sospechosa. Si un muchacho dice que quiere ser poeta,
a la familia le agarra un ataque, ¿de qué va a vivir ese
muchacho? ¿es que nunca va a hacer nada serio? En cambio si una
muchacha dice que quiere ser escritora , todo está bien, total,
cuando se case y tenga chicos se le va a pasar. Ahora, si esa muchacha
quiere ser escritora profesional, la cosa cambia, a menos que ella venga
de una familia de intelectuales. Porque una escritora es sospechosa y
eso viene sucediendo hace muchos años, demasiados. Alfonsina Storni
se movía entre los escritores varones y se la miraba con sospecha
más por eso que por escribir. No se la respetaba, se la toleraba.
Hubo pocas mujeres que tuvieran ese coraje. Y si bien las cosas han cambiado
y nosotras en Rosario podemos organizar un Encuentro Internacional de
Escritoras (al que, de paso, los escritores están siempre invitados),
una tiene otras actitudes y comparte con los varones un montón
de problemas y situaciones al par que se encuentra con que tiene que resolver
otros problemas y situaciones que son específicos del género
mujer. Todo eso es nuevo y bienvenido sea, claro.
MG - ¿Piensas que últimamente la crítica ha prestado
más atención a las obras de las mujeres? ¿A qué
se debe eso?
AG - Sí, se les presta mucha atención del lado de la crítica
y del lado del público, porque estamos "de moda". Lo
cual es lamentable: la moda banaliza lo que toca. Lo que pasa es que hay,
siempre la hay, una sub-literatura que se monta sobre una ola de cambios
o de nuevos movimientos o lo que sea. La crítica se fija en las
obras de las mujeres pero por motivos espurios. Porque venden mucho; y
venden mucho porque son fáciles. "El verdadero arte tiene
la particularidad de que pone nerviosa a la gente", dice Susan Sontag.
Todos esos libros que te tranquilizan, que te cuentan siempre lo mismo,
que en el caso de las mujeres viene a ser somos maravillosas, estupendas,
divinas y sufrimos muuuuucho por culpa de los hombres, no sirven para
nada. Lo que escriben Allende, Esquivel, Serrano, tiene mucho eco porque
no pone nerviosa a nadie. No son libros sobre los que una vuelve. Podés
leer miles de veces Las Ruinas Circulares o los versos de Góngora
o de Emily Dickinson, o Por el Camino de Swann o los sonetos de
Shakespeare, y podés volver a leerlos y podés necesitar
leerlos, pero eso no sucede con "la moda" light de la escritura
de las mujeres. Hay que leer a Garro, a Lispector, a Sommers, a Gambaro,
a Silvina Ocampo, a Sylvia Plath, a Grace Paley, a Toni Morrison, a Mercé
Rodoreda y a tantas que nos escamotean, a ésas de las que la crítica
poco se ocupa, a ésas hay que leer.
MG - ¿Quién ha tenido influencia en tu formación
literaria?
AG - En lo que he escrito todas, todos y todo ha influido. Es que he leído
de todo. Libros geniales, porquerías, novelas rosa, policiales,
historietas, filosofía, los novelistas españoles del siglo
XIX, matemáticas, botánica, humor, física, de todo.
Y todo me sirvió. Claro, hay cosas que me falta leer y que mucha
gente ha leído. Pero por el contrario he leído cosas que
nadie parece haber leído. Eso sí, reconozco que ha habido
gente muy especial. Borges, Balzac, Arlt, Woolf, Lispector, qué
sé yo. Por supuesto una no puede librarse de Borges y tampoco de
Arlt. Arlt fue un descubrimiento allá por los 40, y Balzac fue
importantísimo: ese torrente incontenible del lenguaje en el que
a veces hasta se le notan los hilvanes pero qué me importa si lo
que me cuenta me arrastra a un mundo que tiene sus propias leyes y que
en nada se parece al de todos los días; y después la desesperada
exquisitez de Proust; la extrañeza de Sommers, el caos aparente
de las palabras en Lispector, la exactitud casi anatómica de Natalia
Ginzburg, todo eso tiene lugar en lo que una escribe. Y hay textos especiales:
Toda Pasión Concluida, que es una novela perfecta, la novela
negra de Estados Unidos, y así. Podría seguir durante horas.
Creo además que en la calle, en la escuela, en el supermercado,
en el café, también se aprende a escribir. Lo que se oye,
lo que dicen los demás, las señoras en el súper,
mi verdulero, mis vecinas, los chicos, esas palabras que hay que guardar
cuidadosamente si una quiere escribir.
MG - ¿Cuál consideras que es tu mejor libro?
AG - Prodigios. La escribí a contrapelo, a partir de una
conversación con una colega que me decía que no se puede
escribir contrariándose a una misma, a puro oficio. Yo decía
que sí. No pensaba probarlo pero un día caminando por una
calle de Rosario, la calle San Martín, al llegar a la intersección
con Uriburu, me fijé especialmente en un cartel que veía
todos los días: Estacionamiento Urisan, qué original, ¿no?
Uri-buru y San-Martín. Pero ese día lo leí al revés.
Nasiru, dije. Nashiru, "cuando la señora Nashiru llegó
a la casa de la calle Schellers" Eso fue todo pero era sin duda el
principio de una novela. Y el pretexto para probar aquello de escribir
a puro oficio. Y me salió bien. Lo cual no quiere decir que sea
genial, magnífica o cosa por el estilo. Quiere decir que estoy
satisfecha con lo que hice.
MG - ¿Qué recomendarías a los escritores jóvenes?
AG - Que lean. Que lean todo lo que les caiga a las manos. Y lo que no
les cae, que lo consigan. Hay que leer y leer de todo. Recordar lo que
sostenía Aldous Huxley en Ciencia y Literatura. Alguien
que quiere escribir tiene que leer muchas cosas, no sólo literatura.
Todo sirve, como te dije antes.
MG - ¿Tienes algún mensaje para las mujeres?
AG - No creo que yo sea tan importante como para dejar mensajes a las
mujeres, pero podría decir que es necesario tener una actitud crítica
en esta vida. Que no hay que dejarse engañar por esas "verdades"
que son verdades a fuerza de repetidas pero que no son verdades y que
no son ni si quiera respetables. Todo lo que nos dicen tiene que despertar
una pregunta, la que sea ¿por qué? ¿para qué?
¿cómo? ¿qué están queriendo venderme?
Y les diría que escriban porque escribir es ser feliz, quiera una
ser escritora o no. Escribir siempre le hace bien a una y es mejor que
tomar pastillas o mirar televisión un montón de horas al
día.
MG - Muchísimas gracias, Angélica. Te deseo mucho éxito
y esperamos muchas publicaciones tuyas.


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