Reseña

Ana María Fagundo, Obra poética (1965-2000). Dos tomos. Edición de Myriam Álvarez. Madrid: Editorial Fundamentos, 2002. 281+326 pp.


Héctor Mario Cavallari
Mills College


Desde 1965 hasta la fecha, Ana María Fagundo (Santa Cruz de Tenerife, 1938) ha publicado diez libros de poemas, varias antologías en Castellano y otros idiomas, y dos colecciones que reúnen su poesía: la primera, de 1990, con una excelente introducción de Candelas Newton; y esta que aquí se reseña, al cuidado de Myriam Álvarez tanto en la edición del texto como en el destacado estudio que lo precede [1]. Desde el punto de vista editorial, Obra poética (1965-2000) tiene la ventaja de una más amplia distribución que las colecciones precedentes, al haber sido publicada por el sello de Fundamentos en su difundida colección “Espiral Hispanoamericana”, además de incluir los dos poemarios que la poeta tinerfeña escribió con posterioridad a la colección de 1990. Tenemos aquí, reunidos en dos tomos, los diez libros que comprenden la extraordinaria producción lírica de Fagundo hasta hoy. Se trata de un trabajo sumamente esmerado en todos sus aspectos: disposición tipográfica bien diseñada y presentada; cuidadosa transcripción de cada poema, hasta los más mínimos detalles de la ortografía y la puntuación; y una muy completa bibliografía actualizada sobre la lírica fagundiana. Es éste un admirable trabajo de edición textual que acredita la alta calidad profesional de Myriam Álvarez, quien ya se había destacado por sus estudios sobre Fagundo.


Obra poética (1965-2000) presenta los diez poemarios de Fagundo siguiendo la línea cronológica de su publicación y respetando, dentro de cada uno, el orden original en la secuencia de los poemas, según las primeras ediciones de cada libro. En cada poema, además, Álvarez ha respetado meticulosamente la forma primera de la disposición tipográfica de los versos sobre la página, conservando así las importantes estrategias de significación creadas por Fagundo mediante los cortes, encabalgamientos y despliegues visuales característicos de la mayoría de sus textos. El “Volumen 1 (1965-1978)” recopila los primeros cinco libros de la producción fagundiana: Brotes (1965), Isla adentro (1969), Diario de una muerte (1970), Configurado tiempo (1973) e Invención de la luz (1978); el “Volumen 2 (1981-2000)” recoge los otros cinco: Desde Chanatel, el canto (1981), Como quien no dice voz alguna al viento (1984), Retornos sobre la siempre ausencia (1989), El sol, la sombra, en el instante (1994) y Trasterrado marzo (1999). Esta magnífica reunión de poemarios viene precedida, en el primer tomo, de un excelente estudio (“Introducción de Myriam Álvarez”, 17-50) y de una actualizada “Bibliografía sobre la poesía de Ana María Fagundo” (51-78), instrumentos ambos de gran utilidad para los lectores, especializados o no, de esta obra.


La introducción se articula en un “Perfil biográfico de Ana María Fagundo”, una breve sección general sobre la lírica de la poeta y una serie de siete apartados que comentan el desarrollo temático fundamental de la obra estudiada, según el orden cronológico de su publicación. Para la etapa de la infancia, dentro del perfil biográfico, Myriam Álvarez escoge dos notas que de diversas maneras encuadran la formación humana de Fagundo. La fecha de nacimiento de la poeta, 1938, un año antes de finalizar la trágica Guerra Civil, “cuando aún no se sabía qué rumbo tomaría el final”, apunta hacia una niñez marcada por una época de “posguerra dolorida y abatida por la incertidumbre, el miedo y la inquietud” (17). Sin embargo, en esta misma etapa vital y en contraste con las circunstancias de la vida pública nacional –Fagundo cumple diez años en 1950--, Álvarez subraya la calidez del ámbito familiar; aspecto éste que se encuentra representado en múltiples y recurrentes modalidades –tanto explícitas como implícitas—en la lírica fagundiana. Álvarez destaca acertadamente, en esta época, la importancia de la figura del padre, maestro nacional, con quien la futura poeta “aprende las primeras letras, y de él recibe el impulso decisivo en el aprendizaje y en la transmisión de la cultura” (17).


A partir de este punto, el perfil biográfico que traza Álvarez arroja luz sobre las cuatro largas décadas durante las cuales Ana María Fagundo comparte su vida entre España y Estados Unidos, primero como estudiante doctoral y luego como docente universitaria en la Universidad de California, recinto de Riverside. “Esta labor docente”, escribe Álvarez, “ha quedado a veces velada y encubierta”, aunque se trata de una etapa importante “de enseñanza ininterrumpida en un escenario diferente e inmersa dentro de una cultura ajena a la suya, como parte esencial de su biografía (20). En mi opinión, se trata aquí de un dato valioso, ya que permite sugerir la dilatada vivencia de un estado vital en muchos puntos similar al exilio, lo cual ayuda a entender la recurrencia de ciertos temas y tópicos líricos en la poesía fagundiana. Durante este período central de su vida adulta, Fagundo escribe su obra poética y, al mismo tiempo, desarrolla una notable labor “a la vez crítica e histórica en torno a la literatura norteamericana –Vida y obra de Emily Dickinson (1973), Antología bilingüe de la poesía norteamericana: 1950-1980 (1988) como libros fundamentales—y a la literatura española de posguerra, preferentemente” (21).


Por esta doble vertiente, creativa y crítico-erudita, que caracteriza la biografía de Ana María Fagundo, “se pone de manifiesto la conexión en todo beneficiosa entre la teoría y la praxis, entre la experimentación singular de la poesía y la reflexión teórica que sobre aquélla incide (21). A todo esto se agrega el notable trabajo editorial de la poeta canaria en la revista Alaluz, por ella fundada y dirigida (1969-2001). Como señala Álvarez, esta revista conjugó siempre “la creación y la actividad crítica, la literatura escrita en este continente [europeo] y aquella otra que surge en países latinoamericanos”, convirtiéndose “en un puente de unión entre lugares geográficos distantes, en un lugar de encuentro a donde acudimos para saber y sabernos representados” (24). Reuniendo trazos fundamentales de la infancia y de la labor adulta como docente, crítica y editora, Myriam Álvarez articula aspectos extraliterarios de Ana María Fagundo que contribuyen a situar a la mujer poeta frente al trabajo estético que ha venido realizando.


“Intentar hallar el sentido de la obra poética de Ana María Fagundo ha sido el objetivo primordial que pretendía al escribir esta introducción,” afirma Álvarez al cabo de la misma. “He tenido que abandonar, en aras de la economía que exige un prólogo, instancias o aspectos que hubieran completado esta visión” (49). A pesar de las necesarias elipsis de dicha introducción, sin embargo, ésta logra formular una serie de comentarios críticos y certeras apreciaciones que van delimitando –cronológicamente, una vez más-- unos seis o siete grupos de coincidencias temáticas en torno de las cuales se nuclean dos o a veces tres poemarios. Álvarez coloca Brotes (1965) e Isla adentro (1969), por ejemplo, bajo el común signo del “entusiasmo” de “una poetisa en ciernes” que que se lanza a “anunciar, con su canto jubiloso, su visión alborozada de la vida” (30-31). Esta caracterización condice muy bien con el momento inicial de la escritura fagundiana, con sus producciones de juventud –asombrosamente logradas en su calidad estética ya entonces, sin embargo. En la otra punta de la línea temporal, los dos poemarios más recientes –El sol, la sombra, en el instante (1994) y Trasterrado marzo (1999)—se definen como libros de “madurez y perfección lírica” en los cuales culmina, “por el momento, [...] un proceso poético personal” que consigue “una depuración estilística mediante el suavizado tratamiento del entusiasmo a que [la poeta] nos tenía acostumbrados” (46). De modo que esta serie de enfoques concretos y pormenorizados configura también una secuencia de variantes que señalan los hitos de una evolución o desarrollo poético.


Optando por una serie de señalamientos puntuales, más que por un marco englobante, Álvarez define con agudeza los nexos que la poesía de Fagundo sostiene con “la literatura escrita por mujeres” a través de los “años cruciales y decisivos” de cambios en el horizonte del discurso femenino crítico, político y cultural. “La estética fiminista, de la que [Ana María] a su manera participa, se empeña en afirmar la figura del sujeto (femenino) como entidad irrenunciable, que se construye precisamente en la escritura. [...] Sin encerrarse en rígidos parámetros, Ana María va engarzando en un esfuerzo ejemplar la redefinición de lo femenino a la tarea ineludible del conocimiento y posesión del mundo” (29, 30). Concuerdo plenamente con estos asertos de Myriam Álvarez ya que, a mi modo de ver, los poemas de Ana María Fagundo configuran un espacio discursivo en cuya densidad se entrecruzan las representaciones de la existencia y de la escritura. Es por eso que la poética (explícita e implícita) de la autora insiste en afirmar que "vida" y "poesía" no pueden ni separarse ni reducirse una a la otra, vinculándose ambas como modalidad de inscripción del sujeto femenino hablante en la escritura. Se genera así la representación discursiva de un “mundo” de mujer agudamente particular: un mundo entregado a un lenguaje que lo abraza para devolverlo, como significante, a los procesos abiertos del humano existir-en-el-mundo. Hablar, ser, estar y soñar se entrelazan hasta el punto de poder distinguirse relativamente sus dominios de significación, pero no de separarse ya entre sí. Análogamente, la experiencia vital y la construcción lírica se desdoblan en el texto como punto de cruce entre lo "objetivo" y lo "subjetivo", es decir, entre el lenguaje y la hablante, o también entre la vida y la mujer que existe en cuanto escribe.


Transida enteramente por una filosofía profunda del acontecer, de lo eventual y lo aleatorio, la poética del discurso de Ana María Fagundo no puede ser reducida a una visión dualista maniquea según la cual "ser" (mundo) y "decir" (lenguaje) denotarían entidades substancialmente incompatibles, elementos mutuamente excluyentes o dominios unilateral y exteriormente contrapuestos. El proceso intrínseco de la escritura de Fagundo traza un derrotero que supera la idea de una escisión radical entre los conceptos, principios y categorías no sólo pertinentes al binomio lenguaje-mundo, sino también a los demás dualismos fundamentales de la imaginación canónica (androcéntrica) occidental. En este sentido, cabe hablar de una escritura que se ofrece como una "respiración" por la que circulan, conectándose y dialogando entre sí, los elementos del "ser" y del "decir" tradicionalmente separados unos de otros en “nuestra” cultura, es decir, en la cultura patriarcal. En el discurso lírico de Ana María Fagundo, la escritura revela su condición de inscripción: circulación concreta del poetizar por los sedimentos corpóreos de los signos; errancia sin fin de los efectos de sentido en la cadena significante; ironía de las marcas, de las huellas, de lo estable que dispersa y difiere sin fin aquello que convoca y reúne.